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 Miércoles 23.09.2009, 07:26 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

De hurtos y rapiñas

De la misma manera en que pueden ser discutibles las cifras oficiales sobre disminución de la pobreza, pueden resultar igualmente opinables los índices difundidos por las autoridades sobre el número de hurtos y rapiñas. En primer lugar, no es tarea sencilla trazar una frontera entre ambas categorías de delitos, y en segundo lugar tampoco es fácil calificar los hechos ilícitos para ubicarlos en un terreno o en el otro, de acuerdo a los grados de violencia que puedan desplegarse en cada caso, que suelen ser variados y cambiar sustancialmente según el testimonio de las partes implicadas, esas dos campanas que suenan de modo diferente cuando provienen de un lado o del otro.

Al margen de tales matices y de las líneas divisorias que se dibujen, lo cierto es que en el Montevideo de hoy existe un visible desencuentro entre los cómputos oficiales en materia de hurtos y rapiñas (por un lado) y la realidad que el ciudadano comprueba a medida que pasa el tiempo (por otro lado). Allí también suenan dos campanas, mientras las fuentes del Poder Ejecutivo informan alentadoramente que esos niveles delictivos descienden. En cambio los montevideanos observan que los grados de violencia siguen creciendo y que en cualquier asalto se producen agresiones a mano armada y pérdida de vidas que hace tres o cuatro años -sin ir más lejos- habrían resultado inesperadas. Ahora, desgraciadamente, son previsibles, por no decir habituales.

Las autoridades han maquillado ese panorama transfiriendo unos cuantos episodios policiales desde el rubro correspondiente a las rapiñas hacia el campo más inofensivo de los hurtos, para quitar así un margen de gravedad al cuadro resultante y tranquilizar al destinatario. Pero como ese trasplante ha terminado por ser visible, y la gente advierte la maniobra, no hubo más remedio a nivel oficial que reconocer el enmascaramiento de numerosas rapiñas disfrazadas de hurto, sobre todo en el sector cada día más frecuente del robo de teléfonos celulares. En general, la población no tiene ideas muy claras sobre el significado de los diferentes vocablos para nombrar a los delitos, por lo cual parece oportuno aclarar el punto.

Según el diccionario, un hurto consiste en tomar o retener bienes ajenos contra la voluntad de su dueño, pero sin intimidación sobre las personas ni empleo de fuerza en la acción. Rapiña, en cambio, es un robo o saqueo que se comete arrebatando los objetos mediante el uso de violencia. En términos generales, podría afirmarse que hasta hace un par de años lo que abundaba en el plano delictivo uruguayo era el hurto, pero últimamente va ganando terreno -de manera evidente y con ritmo alarmante- la rapiña. La pésima administración que sufrió en los últimos tiempos el Ministerio del Interior facilitó ese proceso y aceleró esos ritmos. Un cambio reciente en la titularidad de dicha Secretaría ha dado paso a una política algo más discreta y también más eficaz, aunque ese cambio no baste para frenar el compás del deterioro o la agresividad que se percibe en el mundo del crimen.

El resultado de esa evolución es el estado de desvalimiento que padece hoy la población, enfrentada a episodios escalofriantes. El 11 de este mes se supo que dos niños de 11 y 13 años de edad fueron detenidos luego de cometer asaltos con una escopeta de caño recortado, itinerario que incluyó un par de copamientos a comercios montevideanos en La Blanqueada y Pocitos. El 14 del corriente se informó que un comerciante y su esposa fueron baleados en su negocio del barrio del Cordón por cinco menores delincuentes que tienen entre 14 y 16 años. El 17 de setiembre se divulgó que un asaltante armado disparó repetidamente contra el empleado de un supermercado de la Ciudad Vieja y luego prendió fuego al local, al cabo de lo cual algunos vecinos intentaron saquear la mercadería que todavía quedaba. La prensa y los informativos de televisión demuestran que ese tipo de sucesos se ha convertido en el pan de cada día.

Sálvese quien pueda, dirán los observadores cuando echan un vistazo a la situación, que no afecta solamente a Montevideo sino a ciudades del interior que eran plácidas pero se han convertido en una pesadilla de asaltos, como sucede en Rocha. Con ese cuadro por delante, ya no parece fácil aplicar un operativo cosmético y confundir rapiñas con hurtos. A cambio de la presión fiscal, ni siquiera se obtiene la seguridad que debería ampararnos. Sálvese quien pueda.

El País Digital

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