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HERNAN SORHUET
El ingreso al siglo XXI llegó con una carga muy importante de desafíos. Por un lado estimulan los logros, y sobre todo las promesas de la ciencia y la tecnología. Por otro, son demasiadas las incoherencias de nuestra especie, tanto en su relacionamiento social como con el resto de la naturaleza.
Sabemos cada vez más. El avance explosivo de las comunicaciones achicó el mundo, acortó los tiempos y está democratizando la información como nunca antes. Pero al mismo tiempo, en todos los países se reclama que el sistema educativo está en crisis; y en la mayoría de las naciones se cuestiona la salud del sistema democrático.
Estas dos realidades están íntimamente relacionadas. Al respecto, el profesor Dimas Floriani, de la Universidad Federal de Paraná (Brasil), realizó una interesante puntualización, en el recientemente realizado VI Congreso Iberoamericano de Educación Ambiental. Dijo que hay un conjunto de factores que todavía obran en contra de la consolidación democrática, algunos de orden coyuntural pero los demás de carácter estructural: 1. Las situaciones de crisis y los riesgos político-institucionales. 2. Los límites de los sistemas de representación e intermediación. 3. Demandas de más participación del Estado y de mayor control ciudadano. 4. Los problemas de desigualdad y pobreza. 5. Frustración de expectativas en la población. 6. Liderazgo débil de las elites dirigentes. 7. Aumento y fragmentación de los conflictos sociales.
Señaló que el papel de la educación en el sentido más amplio -lo que incluye la educación socioambiental- no podrá realizarse plenamente sin el papel de los medios de comunicación, lo que significa decir que los medios tendrán un protagonismo de destaque para la toma de conciencia de cuestiones centrales para nuestras sociedades. Recordó que en 2006 el 83% de los latinoamericanos vio las noticias en la televisión.
El desafío de nuestro tiempo es construir una democracia de "actores" de personas activas, participativas; y no una democracia de público receptor de decisiones. El asunto es cómo hacerlo.
La siempre subestimada educación ambiental parece ser la herramienta más idónea para promover las transformaciones reclamadas, para muchos identificadas con el concepto "desarrollo sostenible", entendido éste como un modelo que conduce a la construcción de sociedades más justas, equitativas y viables.
Al igual que el periodismo ambiental, impone una lógica distinta al statu quo, porque combate la atomización del conocimiento, y por ende, procura la comprensión de la realidad en toda su complejidad, sin simplificaciones que desnaturalicen su esencia. En otras palabras, pone en crisis el modelo tradicional de la educación, pero que sigue fuerte y vital. Esta transformación implica un cambio de mentalidad en los docentes muy difícil de lograr, sencillamente porque no disponen de experiencias a seguir, ni del valor necesario en los sistemas para aceptar que es tiempo de arriesgar, ante la gravedad de la crisis que sacude al planeta.
Pregonamos a todos los vientos el desarrollo sostenible, pero sin aclarar que es un paradigma sustitutivo del actual modelo, y no una simple propuesta de retoque o maquillaje. Es que nos aterra cambiar nuestros estilos de vida y hábitos de consumo.
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