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Juan Martín Posadas
Hay esquemas mentales que se obstinan en permanecer por más que su utilidad, y aún verdad, sea claramente falluta. Uno de ellos es la polarización que plantean los términos izquierda y derecha.
Hace un tiempo -bastante tiempo- decir que alguien era de izquierda era arrojar una sospecha sobre un grupo o una persona como seres peligrosos para la sociedad. Después, con el correr de los años, el sistema se invirtió y cuando se dice que alguna persona o grupo es de derecha se le endilga la máxima descalificación ideológica.
Muchos actores del escenario político, para evitar inconvenientes e incomodidades, se presentan y se definen como de centro. Esto, en nuestro país -definido tan certeramente por Rama como país de medianías- es un recurso que promete respetabilidad.
Pero no se trata solamente de un fenómeno local que se explica (o se pretende justificar) por características de la idiosincracia (o la patología) uruguaya. Sucede también que se va generalizando un distanciamiento respecto a las ideologías en su conjunto.
Las ideologías que pretenden ser explicaciones globales de la realidad tuvieron su desarrollo e influencia enorme en el siglo XIX y el XX. El socialismo, el liberalismo, el anarquismo, comunismo, etc. son producto de esa época: allí nacieron y allí imperaron. Se referían a un futuro y a unas formas de sociedad posibles, deseables y prácticamente obligatorias. Hoy esas ideologías no tienen ni presente ni futuro, sólo un gran pasado: su peso y su influencia residual les viene de atrás.
Actualmente (y afortunadamente) la política va adquiriendo cada vez más rasgos de pragmatismo y el pragmatismo como forma de encarar la política se va legitimando y ganando prestigio. No faltan quienes consideran que el político pragmático, que ha abandonado los grandes relatos justificativos de su acción, es un cínico, que no cree en nada. No es así; el pragmático se fija en los resultados, apunta a los resultados, pero sin caer en el exceso de que el fin justifique los medios. La política hoy se mide por los resultados.
En ese sentido no puede haber política que no sea pragmática. El mejor discurso, el programa más abarcante, si no se marca objetivos evaluables y si no produce resultados en esos campos, no sirve para nada, es vocerío para la tribuna. En los planteos políticos el fracaso es excluyente.
El pragmatismo no es una ideología sino el compromiso de que las acciones tienen un propósito de realización. Ya nadie tolera más el discurso político para marcar perfil.
Es por esta razón que la idoneidad técnica -propia o de un equipo asesor respetado- se torna obligatoria cuando se plantean realizaciones de finalidades u objetivos concretos. Además importa cómo se llega al objetivo y no sólo si se llega. Es por esto que la palabra gestión, que antes estaba confinada al lenguaje empresarial, pasa a ser una exigencia política de primera importancia. La gestión -que naturalmente no tiene absolutamente nada que ver con ideologías- es elemento integral de la política. Las formas de organización y tramitación de los asuntos y su eficiencia han pasado a ser valor ineludible en lo referente a las políticas públicas.
En este pleito preelectoral que se viene desarrollando en nuestro país, quienes apoyan su discurso en la integridad ideológica dejan sin respuesta a las expectativas concretas de los uruguayos que quieren conocer respuestas concretas (resultados) a los problemas particulares que los afectan.
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