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Antonio Mercader
Hablando de la guerrilla que Sendic, él y otros iluminados por el castrismo montaron en los años sesenta, José Mujica le dijo al diario La Nación que "la violencia en Uruguay fue muy justificada". Lo había dicho antes de ser candidato a presidente cuando predicaba que los tupamaros tomaron las armas "para detener un inminente golpe de Estado" y como "respuesta a la represión" desatada en nuestro país. No fue así.
Ahora, ante un diario extranjero, entre palabrotas y pestes contra la justicia, Mujica insiste con esa patraña, quizás por aquello de que una mentira repetida mil veces puede terminar pareciéndose a la verdad. Será la verdad oficial si este hombre gana las elecciones, pero no la verdad verdadera. Porque es evidente que a principios de los años sesenta, cuando los tupamaros afilaban el hacha de guerra, acá no había golpe de Estado en puerta ni una represión que justificara la guerrilla.
Lo que había era un país gobernado por un colegiado a la suiza, con sus problemas sí, pero con un sistema democrático cuya pureza resaltaban analistas de todo el mundo como puede verificarse en artículos y libros de la época. Si Mujica tuviera un arrebato de franqueza debería reconocer que la génesis de su guerrilla fue el relumbrón de la revolución cubana y la "teoría del foco" según la cual un puñado de audaces podía capturar el gobierno.
Lo grave del asunto es que Mujica no está solo en su aberrante tesis. Lo respalda el historiador Carlos Demasi, quien acaba de comparar a Saravia con los tupamaros. "No aparece diferencia formal entre los levantamientos de Saravia y el del MLN", pontificó. ¡Los revolucionarios blancos de 1897 y 1904 igualados con los tupamaros! Así, la patraña de Mujica logra el respaldo de la academia y apunta a convertirse en el relato oficial de lo ocurrido en la segunda mitad del siglo XX.
Es el sueño del pibe (tupamaro), el intento de legitimar el terrorismo que irrumpió en el Uruguay democrático en 1963. Demasi explica que tanto los de Saravia como los de Mujica se alzaron contra gobiernos legítimos aunque descarriados de la legalidad, en busca de "parcelas de poder político". Según él, los blancos no luchaban realmente por el derecho al sufragio, una opinión asombrosa en boca de un historiador nacional.
Sus dislates, publicados en el semanario Brecha, constituyen un burdo acto de militancia política pues Demasi bien sabe que los blancos lucharon por las garantías del sufragio y los derechos de las minorías, instrumentos básicos para abrirse camino hacia las urnas. Y sabe también que los tupamaros, aunque hallaron despejado ese camino, optaron por las armas y no por las urnas con desprecio de la legalidad vigente en el Uruguay de los sesenta.
Es el mismo Demasi que hace un tiempo, tal vez ya subido al carro de Mujica, proclamó que "no se puede establecer con claridad qué fue primero, si la guerrilla o la represión", como si ignorara que el primer atentado tupamaro ocurrió diez años antes del golpe de Estado y cinco antes de la llegada de Pacheco Areco al poder. Ahora da un paso más al igualar a los tupamaros con los lanceros de Saravia.
De Mujica todo puede esperarse tras su vergonzosa entrevista en La Nación en donde quiso edulcorar su pasado. A ello se agrega el apoyo que le brinda Demasi, el encargado oficial por la ANEP de entrenar a los docentes de historia reciente, o sea quien orienta las lecciones de historia que se imparten a nuestros hijos.
Los Mujica pasan, pero las enseñanzas de Demasi quedan.
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