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Hay actitudes del individuo que se agotan en sí mismas apenas se asumen y otras cuyos efectos se prolongan en el tiempo. Con motivo de las elecciones nacionales los uruguayos están en un momento especial de sus tiempos de decisión ya que cualquiera que adopten o las que no adopten van a quedar fijas durante cinco años y deberán soportarlas o padecerlas por ese período de tiempo, en un viaje sin regreso. Por eso se impone que los nacionalistas defiendan con entusiasmos sus principios; que los indecisos abandonen esa posición y que los que no saben que van a votar, razonen sobre el pasado y sobre el futuro y salgan a la construcción de este último, conscientes de que hay una sola oportunidad para hacerlo: el último domingo de octubre y eventualmente el último domingo de noviembre.
Votar no es sólo una obligación constitucional, es también una obligación política, moral y ciudadana, que no se cumple, como hacen muchos, dejando cualquier papel en el sobre para dar satisfacción a la exigencia, sino que debe llevarse a la práctica como resultado de una reflexión serena, procurando las mejores soluciones para la sociedad en que se vive. Y esa reflexión debe hacerse partir de una análisis de lo que nos rodea y de una aspiración sobre lo que se quiere para los tiempos por venir.
El Frente Amplio ya demostró y sigue demostrando que no es la esperanza en que creyeron muchos ingenuos que se aproximaron seducidos por sus cantos de sirenas ni tampoco para los militantes identificados ideológicamente con esa línea política, que ya se han desengañado o creado otra fuerza paralela detrás de postulados a los que no dieron satisfacción, ni aún para quienes se declaraban independientes y que están volviendo a los partidos tradicionales en la búsqueda de respuestas.
El país, en general, se encuentra decepcionado ante la incapacidad de unos dirigentes que no supieron encontrar soluciones ni aún a los problemas más elementales de una sociedad, como lo es la seguridad ciudadana, que sigue trepando desde la realidad a las crónicas policiales, alcanzando límites realmente insospechados, como el de personas que han sido rapiñadas cuarenta y cuatro veces en un mismo local, conduciendo a la creación de una sociedad que se está armando para defenderse, con todos los riesgos que apareja ese estado de mentalidad. Una comerciante reconoció en televisión que no sabía usar armas pero que había adquirido una y estaba dispuesta a utilizarla si era nuevamente asaltada, reflejando un estado mental colectivo que también encontró eco en el interior y está transformando las características nacionales, en un proceso de deterioro que hay que combatir tanto como a los delincuentes.
Paralelamente, se está generando una falta de confianza y de credibilidad en el gobierno sobre las cifras oficiales que se manejan, neutralizadas por viviendas promocionadas que no aparecen; por desempleados que siguen golpeando en las puertas detrás de una limosna o de una ayuda y de trabajadores y jubilados a los cuales se continúa sacando el dinero del bolsillo en aplicación de una política tributaria establecida por quienes hoy se conformaron con ser segundones en un pretendido nuevo período.
Poca cosa queda en pie de la frustrada estructura, de la cual no han logrado salvarse ni los presuntos principios morales que reclamaban como depositarios, salpicados ahora por los casos de clientelismo político que han logrado emerger a la realidad y las irregularidades administrativas que han transitado desde la Dirección de Casinos y el Hospital Maciel hasta el Ministerio de Desarrollo y Antel, configurando allí un caso insólito de desprolijidad burocrática que costó las cabeza de tres miembros del Directorio.
Han demostrado, con pruebas fehacientes y de manera indubitable que no saben gobernar y el país no puede seguir en ese estado de abandono. Por todo ello se justifica advertir a la ciudadanía sobre la tarea que se encuentra en sus manos y que deben asumir. Nadie puede permanecer ajeno o prescindente, sino activo y militante, para no enfrentar después cinco años de lamentaciones sino cinco años de satisfacciones. Los riesgos que se corren ante la violación de más libertades, el continuismo de un gobierno tan autoritario como sectario y un caos administrativo que se prolonga en el tiempo no permiten eludir las responsabilidades.
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