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Alfonso Lessa
Hasta dónde es posible tirar de la cuerda en un proceso de polarización electoral como el que vive el país sin riesgos de caer en un espiral incontrolable? Esa constituye hoy una de las principales interrogantes de una campaña destacada por su chatura, cuando faltan tan pocas semanas para los comicios de octubre y se insiste en ataques que no hacen más que enrarecer el clima político.
Desde ese punto de vista, la semana ofreció señales contradictorias, aunque algunas de ellas resultaron alentadoras, al menos en el discurso.
Por una parte, hubo nuevas demostraciones de intolerancia y ataques que incluyeron el fin de semana pasado el procesamiento de un dirigentes frentista que fracturó la nariz de un militante blanco en un enfrentamiento en la rambla montevideana. También hubo preparación de munición gruesa: en tiendas de la izquierda, hurgando en la vida de Luis Alberto Lacalle; en sectores blancos, acumulando antecedentes de José Mujica y otros ex guerrilleros, en lo que amenaza en convertirse en un duro enfrentamiento muy lejano a la discusión programática.
Entre los frentistas, se dijo que los blancos endurecieron la campaña por el resultado desfavorable de las encuestas, mientras desde el nacionalismo se señala que han sido dirigentes frentistas los que han atacado sistemáticamente y que ellos no hacen más que defenderse.
Por otra parte, el senador José Mujica -que había echado leña al fuego en particular con sus ataques a Jorge Larrañaga- desalentó una caceroleo por un acto del nacionalismo y reclamó a sus militantes no hacer lo que no quieren que les hagan a ellos. Y además, en uno de los hechos más destacados de la semana, el propio presidente de la República, Tabaré Vázquez, mandó parar: dijo, en un mensaje para todos los actores, incluyendo a los de sus propias filas, que debe bajarse la pelota. Y se mostró preocupado por el estilo que ha ganado a la campaña.
Entre los blancos, en tanto, el candidato Lacalle, tomó distancia de la idea de atacar a Mujica por su pasado y planteó su coincidencia con el mandatario en tomar otro rumbo. Otros dirigentes blancos, sin embargo, han dejado flotando la idea de que no aceptarán nuevos ataques y que están preparados para repelerlos.
El presidente Vázquez, que emprendió una viaje de dos semanas a Estados Unidos y Venezuela, también dejó otro mensaje conciliador hacia la oposición antes de irse: su decisión de dejar sin efecto el traslado de los restos de Artigas.
El viaje de Vázquez, además, implica que por un período para nada menor estará fuera del centro del debate político, aunque esto no signifique que esté por completo ajeno al terreno político. Y esto ocurre justo cuando la oposición reclama contra su presencia en la campaña y protesta por la masiva publicidad oficial, que se considera un modo de influir en la contienda electoral.
Es claro que no puede ignorarse el pasado, un dato relevante, pero una campaña del tipo de la que viene predominando, no sólo implica el riesgo de un espiral incontrolable, sino que también deja en el segundo plano o directamente impide un debate serio sobre las propuestas programáticas y los temas que preocupan a la gente. Pero además, pensando un poquito más lejos que en el último domingo de noviembre, sea cual sea el resultado, habrá casi un cincuenta por ciento de los uruguayos cuyo candidato no ganará en las urnas, pero que también debe ser contemplado en los próximos cinco años: ese es un dato esencial de la democracia. Un clima radicalizado, por lo tanto, no sólo conspira contra lo que ocurra hoy, sino que puede afectar al futuro.
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