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Domingo 13.09.2009, 01:04 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

La diplomacia entre bombas, sangrienta lucha y atentados

NUEVA YORK | NEWSWEEK

En su carrera diplomática en el Departamento de Estado, desde 1971 y hasta su retiro en 2009, Ryan Crocker fue testigo de muchos hechos de violencia en el mundo. Esta es una síntesis del artículo que escribió Crocker sobre el mundo tras el 11-S.

He visto mucha violencia en mi carrera como diplomático. Sobreviví al ataque con bombas, en 1983, contra la Embajada de Estados Unidos en Beirut y vi, en septiembre de 2001, desde el puente de Queensboro, en camino a Manhattan, junto con mi colega del Departamento de Estado, David Pearce, el ataque al World Trade Center, que figura entre los más infames contra estadounidenses en la historia del terrorismo.

Los estadounidenses tenemos tendencia a identificar un problema, arreglarlo, y seguir adelante. A veces da resultado. Muchas veces no. Por supuesto, imponernos en sociedades hostiles y caóticas, no es una solución. La percibida arrogancia e ignorancia de las potencias que abruman, puede crear nuevas historias de humillación que alimentarán llamados a la venganza durante siglos a partir de ahora. Lo que se necesita para tratar con este mundo es una combinación de comprensión, persistencia y paciencia estratégica hasta un grado que los estadounidenses, tradicionalmente, han encontrado dificultades para dominar.

Hemos aprendido mucho desde el 11 de septiembre de 2001, pero todavía seguimos aprendiendo esta lección. A medida que la guerra en Afganistán ingresa en su noveno año, con crecientes bajas de estadounidenses y con el Talibán revivido, la opinión pública se vuelve contra lo que siempre fue, comparada con la de Irak, nuestra "guerra buena". Nadie, y mucho menos yo, puede proponer una solución fácil. Pero, durante los últimos ocho años, estuve íntimamente involucrado con el esfuerzo de nuestro país para administrar su relación con Medio Oriente y el Sur de Asia. Sé que el éxito sólo surge de un compromiso sólido y sostenido de recursos y atención.

Viajé a Kabul después de la caída de los talibanes, con la finalidad de reabrir la Embajada de Estados Unidos, por primera vez, desde 1989. Tres décadas de conflictos habían aniquilado manzanas enteras de la ciudad. Afganistán siempre había sido pobre y hasta cuando hice dedo para recorrer el país como un estudiante universitario de pelo largo, nunca había visto gente tan generosa, pese al estado de miseria en que se encontraba. No quedaba nada de la infraestructura, no había economía, ni centros de enseñanza. En un verdadero eufemismo pensé medio en voz alta: "Por Dios, tenemos una tarea bastante grande por hacer".

La Embajada -casi por milagro- estaba bastante intacta. Algunos cohetes habían hecho impacto allí. Varias ventanas habían sido voladas. Un pequeño incendio había hecho un poco de daño, pero eso era todo. Durante doce años el edificio estuvo vacío, aunque los funcionarios de origen afgano nunca dejaron sus empleos. Los jardineros hicieron su tarea; los mecánicos y los choferes hicieron el mantenimiento de los vehículos y los funcionarios administrativos mantuvieron una continua presencia que impidió que los talibanes y otros entraran al predio. Varios fueron arrestados por ser "bufones de los estadounidenses". Corrieron el riesgo de ser asesinados. Pero, siguieron esforzándose durante esos doce años. Creo que puedo decir que se sintieron profundamente alegres de ver nuestro retorno.

SANGRIENTO . Mi última misión para el Departamento de Estado fue en Irak, en marzo de 2007. Los problemas que se habían desarrollado en las primeras semanas posteriores a la invasión se habían vuelto monstruosos. Sunitas y shiitas se masacraban entre sí con armas de fuego y cuchillos. Bombas a la vera de los caminos mataban a decenas de soldados estadounidenses. Medio Oriente es una región que sabe que no puede impedir el ingreso de superpotencias decididas. Durante cientos de años, los franceses, los británicos, los rusos o los estadounidenses, se abrieron paso por la fuerza. Si bien los países de la región no tienen capacidad para dar un golpe eficaz que bloquee a los extranjeros, tienen un contragolpe perverso. Una vez que alguien entró, ellos empiezan a trabajar.

Lo aprendí de primera mano el 18 de abril de 1983. Estaba en mi despacho del cuarto piso en la Embajada en Beirut cuando una fuerza tremenda -no oí ningún sonido-me lanzó contra la pared. Mi señora Christine recibió un feo golpe en la cabeza cuando las ventanas volaron hacia el interior. Tuvimos heridas superficiales, pese a que un coche bomba había volado toda la fachada de un ala de la Embajada hasta el séptimo piso.

Cuando salí de nuestro sector de oficinas que estaba en la parte de atrás del edificio, pude ver que las oficinas de la CIA, que estaban en el frente del mismo piso, habían desaparecido. Estaba mirando al aire libre.

El País Digital

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