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 Domingo 13.09.2009, 01:04 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

Una generación agredida por el terrorismo

Testimonios. Chicos que, el 11-S tenían 10 años, recuerdan aquel día terrible y cómo se refleja en sus vidas, manera de pensar y objetivos

NUEVA YORK | NEWSWEEK

Bryan Gamez hacía un ejercicio de redacción en el salón de 5° año de una escuela de Maryland, cuando resonó la voz del Director por el sistema de audio para anunciar que las clases habían terminado por el día. Su maestra conectó el televisor que difundía las imágenes de los ataques al World Trade Center.

Lo que informaban por televisión era difícil de entender. "Decían terroristas, pero nos pareció que estaban diciendo turistas", indica Gamez. "Mi maestra estaba alterada. Todos estábamos confundidos". Gamez tenía 10 años en aquel momento y las imágenes y sonidos del 11 de septiembre de 2001 han quedado grabados vívidamente en su joven mente: el humo que surgía de las Torres Gemelas y del Pentágnono, personas que saltaban desde sus oficinas y cuerpos cubiertos de ceniza. "Sólo muchos gritos y muchas lágrimas", indica. "Yo estaba en shock".

Diez es una edad de formación. Todavía no se es un adolescente ni tampoco un niño pequeño. Se empieza a tener cierta independencia, aunque todavía profundamente ligado a la familia. Se tiene sentido de qué es el mundo, pero no el conocimiento de cómo funciona. Los hechos del 11-S destruyeron la sensación de seguridad para este grupo de niños. Nacidos cuando finalizó la Guerra Fría, se criaron en una década que vio enorme crecimiento económico, el nacimiento de la red mundial de Internet y una cultura penetrada por el cinismo.

Los integrantes de la generación del milenio -nacidos entre 1982 y 2004- vieron a sus padres y maestros preocupados y, en algunos casos, emocionalmente destruidos, a policías y bomberos -los protectores de la comunidad- muriendo entre montañas de escombros. Neil Howe, autor junto a William Strauss de un libro sobre esa generación, sostiene que "el 11-S fue el comienzo de un nuevo temor en Estados Unidos referido al caos y el desorden en el mundo". Los chicos se vieron envueltos en un sentimiento colectivo de temor nacional: ¿Qué ocurriría a continuación? Era la pregunta que nadie, ni siquiera las máximas autoridades de Estados Unidos, podían responder. Ahora, el cumplirse el octavo aniversario del 11-S, aquellos niños tienen 18 años y entran en la edad adulta. Ofrecen una mirada única sobre los parámetros del pensamiento de estadounidenses que llegan a la mayoría de edad bajo la sombra del terrorismo.

Los ataques no sólo alertaron a una generación de chicos sobre los hechos globales, sino también hicieron trizas sus ilusiones sobre un mundo en paz y cambiaron su percepción de que su país era todopoderoso e invulnerable. Daniel Young, que estaba en una clase de 5° año de escuela, en Chalorttesville, Virginia, en aquella mañana de septiembre, dice que aprendió con rapidez una lección que perdura: "Descubrimos que Estados Unidos no es invencible".

Ningún hecho, aunque tenga las características de un cataclismo, provoca el mismo efecto en todas las personas. Los ataques del 11-S empujaron a jóvenes estadounidenses a un curso intensivo de política internacional, terrorismo e Islam, aunque interpretaron las lecciones de manera diferente. Paul Friedman, el tío de Jared Radin, murió en el avión de American Airlines que fue el primero que los terroristas estrellaron contra el World Trade Center. Poco después, Radin perdió el entusiasmo político que había comenzado a desarrollar en las elecciones de 2000. "El 11 de septiembre me hizo perder esperanza y sentir apatía y cinismo sobre los asuntos del mundo", señala. Radin, que ahora estudia en la Universidad Wesleyan, y muestra renovado vigor por los hechos políticos actuales, recuerda que entró en un "período insular", sin importarle mucho lo que estaba ocurriendo. La vida le parecía lóbrega.

IMPACTO. El caso contrario es el de Zach Laychak, cuyo padre, David, murió en el ataque al Pentágono. Se sintió más comprometido políticamente, pudiendo defender a su país. "Me hizo más patriota y estadoundiense", dice Laychak, que está cursando el último año del ciclo secundario en Oakton, Virginia. Laychack, que lleva una pulsera que tiene grabado el nombre de su padre, reconoce que comenzó a darse cuenta que la guerra, a veces, puede ser necesaria para "mantener nuestro estilo de vida estadounidense".

Lauren Eddens, que tenía 10 años cuando ocurrieron los ataques, disfrutaba de la estrecha relación con su tío Chris Quackenbush, una de las víctimas del derrumbe del World Trade Center. Todo lo que recuerda del día de los ataques es que se aferró a una muñeca que le había regalado su tío. Un año después del 11-S, Lauren dejó de comer y eventualmente le diagnosticaron anorexia. "Creo que es porque nos quitaron el control", dice la joven al referirse a los adultos que la rodeaban y a su propia vida. Los ataques no fueron la única causa de la anorexia, pero están entre las causas de esa alteración. Ahora que es estudiante del Instituto de Tecnología de la Moda, en Nueva York, Lauren se encuentra en el camino de la recuperación. Dice que es lo que hubiese querido su tío. "A él no le hubiera gustado que yo estuviera alterada por lo que ocurrió. Aprendí a abordar el problema", comenta.

Lauren recuerda que su padre le explicó lo que había ocurrido y lo que los ataques significaban. "Me dijo que era gente perversa que había venido desde el exterior a hacerle daño a nuestro país", indica. "Fue terrible cuando tuve conocimiento que mi tío estaba entre las víctimas".

"Ahora, con mis amigos hablamos poco de aquel día terrible y cuando lo hacemos es como si nos estuviéramos refiriendo a una película. Puede parecer extraño, pero es así", dice.

Para los chicos que no fueron directamente afectados, el impacto del 11-S puede haber tenido menos resonancia de largo plazo, aunque algunos de los efectos emocionales todavía perduran. Fue histórico y aterrador, aunque ocurrió hace tiempo. Robin Goodman, una psicóloga de Nueva York, señala que pregunta a los jóvenes que atiende, dónde estaban y qué les ocurrió el día de los ataques. "Todavía surge como un momento definitorio", dice, al analizar los recuerdos y temores de los jóvenes. "Me doy cuenta que hay algo referido al 11-S que en aquel momento pasó inadvertido, pero que está relacionado con un problema actual que ellos tienen", afirma.

REACCIONES. Sam Hopkins, estudiante de la Universidad Reed, que tiene preferencia por la literatura y la política, dice que recuerda el 2001 como un año "lleno de temor". Primero, fueron los hechos del 11-S y después los ataques con ántrax. "Puedo decir que no recuerdo haber llorado mucho cuando era niño, pero, en cambio, creo que lloré mucho el 11 de septiembre", puntualiza.

En la actualidad, Hopkins no toma el 11-S de manera personal -no quiere cambiar el mundo, incorporándose a los Cuerpos de Paz ni a las Fuerzas Armadas- pero quiere comprender por qué la gente actúa de la manera que lo hace. Ha buscado respuestas en la literatura y encuentra que las novelas contemporáneas que abordan los hechos del mundo (por ejemplo, las obras del escritor turco Orhan Pamuk) le resultan más relevantes que los clásicos, como es el caso de obras de Virginia Woolf.

Hopkins dice que, a veces, habla sobre su seguridad, pero reconoce el peligro de la angustia. "Si estamos demasiado obsesionados con el temor, nos volvemos paranoicos o racistas", dice. "Cada generación tiene sus temores, pero creo que también debemos ser realistas".

Olivine García, estudiante de la Universidad de Maryland, cree que los ataques fueron un momento crucial para ella y sus pares de generación, y que después de ese día, la vida cambió para todos ellos, aunque no estén seguros de qué manera. Como otros que no perdieron a familiares en los ataques, García no ha dedicado, recientemente, mucho tiempo a reflexionar sobre los hechos de aquel día y sus consecuencias. La vida continúa.

Daniel Young describe los ataques como "una especie de sombra". No vive en temor permanente y asegura que su interés para forjarse una carrera en el área del trabajo social o en en un ámbito religioso, no está vinculado al 11-S. Pero, "de alguna manera, siempre está en el fondo de la mente".

Las horas de horror y heroísmo

La mañana del 11 de septiembre de 2001, de pronto, Nueva York se convirtió en un caos. A las 8.46 horas, el vuelo 11 de American Airlines hizo impacto en la Torre Norte del World Trade Center. Cuando los neoyorquinos y el resto del mundo todavía no habían podido entender qué estaba ocurriendo, la Torre Sur quedó envuelta en las llamas: el vuelo 175 de United Airlines se había estrellado contra la gigantesca estructuctura. Comandos suicidas de Al Qaeda secuestraron los dos aviones para llevar a cabo su siniestra misión. A las 9.58 horas, la Torre Sur se desmoronó, generando impresionante nube de polvo. Treinta minutos después, cayó la Torre Norte. En total hubo 2.759 muertos (incluyendo a 157 pasajeros y tripulantes y 10 terroristas). Los ataques se extendieron al Pentágono (125 muertos) utilizando como misil el vuelo 77 de United Airlines, en tanto el vuelo 93 de United cayó en un campo de Pennsylvania (44 muertos). Los pasajeros lucharon con los secuestradores e impidieron el cuarto ataque.

El País Digital

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