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JORGE ABBONDANZA
Carla Erba era no sólo una belleza del gran mundo en la Italia de 1900. Además era una heredera millonaria, hizo un casamiento ventajoso y fue la madre de Luchino Visconti, a quien le contó cómo había sido en 1901 el funeral de Giuseppe Verdi en la Piazza del Duomo de Milán. Así Visconti -nacido cinco años más tarde-, supo que en esas honras fúnebres se había reunido un coro gigantesco para cantar Va pensiero, famoso pasaje de la ópera Nabucco que se convirtió desde entonces en una suerte de himno nacional italiano. Esos recuerdos parecieron resucitar hace algunas noches, porque la RAI transmitió en directo un estupendo concierto sinfónico desde Sarajevo, la capital de Bosnia, cuyo programa culminó justamente con Va pensiero, cantado por un enorme coro que integraron muchos profesionales y también jóvenes y niños bosnios de escuelas de ese país. El resultado fue emocionante. No conviene creer que la RAI -el canal estatal de Italia- ofrece una programación estimable a toda hora. De hecho, durante buena parte del día lo que propone es un relleno integrado por cantantes populares de tercer orden, desabridos certámenes de preguntas y respuestas o partidos de fútbol de segundo (o cuarto) orden. Por eso el espectador sensibilizado aprecia doblemente los momentos en que la RAI decide cumplir con su obligación y divulgar un material artístico digno del prodigioso patrimonio italiano en la materia. Algo de eso ocurrió con el concierto de Sarajevo, que se llevó a cabo al aire libre delante de una concurrencia monumental.
La orquesta estaba dirigida por Riccardo Muti, esa celebridad musical cuyo gesto hepático -mirada encapotada, pocas sonrisas, voluminosas ojeras, melena heroica- capitaneó a los instrumentistas con una autoridad que se notaba en las miradas obedientes que le echaban desde la fila de cornos o de violas. El programa incluyó un par de obras de Brahms y la tercera sinfonía de Beethoven, material completamente alemán que podía discutirse considerando que los Balcanes (incluida Bosnia) fueron invadidos por la Wehrmacht en 1941 y controlados luego de la peor manera por el III Reich. Pero por lo visto la cultura musical de Europa Central no puede prescindir de los grandes compositores teutónicos, y menos si se inscriben en el período romántico, de manera que todo cuestionamiento político o todo reparo histórico deben quedar de lado. Y más que nada porque después del alarde germánico, llegó Verdi con un inmenso coro y entonces escuchar el oleaje melódico de Va pensiero se convirtió en un reencuentro ideal para los oídos y los espíritus de la concurrencia, con un público que se entusiasmó y se puso de pie en la platea y en las lejanas tribunas para ovacionar a la otra muchedumbre (vocal e instrumental) que ocupaba el escenario. Cuando uno piensa en el martirio que vivió Sarajevo en los años 90, bajo sistemáticos bombardeos y operativos genocidas ordenados por los serbios durante el proceso de desintegración de Yugoslavia, este lujo consistente en escuchar y aplaudir un bello concierto se transforma en una especie de bendición, cuyo registro debe agradecerse a la RAI para confirmar que no todas las cosas buenas de este mundo se han muerto.
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