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Atónitos leemos la noticia: un señor, haciéndose pasar por el prosecretario de la Presidencia, recomienda "por razones de seguridad" que una persona, acceda a la documentación de la vicepresidencia de Antel. Lo dejan pasar, se mueve a sus anchas, revisa lo que se le ocurre, se sienta en un escritorio, llama por teléfono, da órdenes, acompaña a un funcionario al Juzgado y cuando le preguntan algo se limita a responder que sólo da cuenta de lo que hace a aquel que lo mandó.
Al poco tiempo, una nueva llamada de su "padrino", aconseja (ordena) que siga prestando funciones, por lo que rápidamente el Directorio de Antel procede a designarlo (22 de julio) como adscripto a la vicepresidencia del organismo (ocupada por Gloria Uranga); se le asignó una tarjeta, se le fijó un horario y una remuneración nominal de $20.892. A principios de mes, el novel funcionario pasó por caja y cobró $6.800 por los días de julio trabajados y un mes después, $17.582 por agosto. El "funcionario" pidió una "laptop" para llevar a su casa y como se le exigió autorización de Presidencia, redactó la nota y firmó como Jorge Vázquez. El asunto es que de Presidencia nadie pasó a retirar la computadora, lo que motivó que una funcionaria llamara para comunicar que estaba pronta. Ahí se enteraron que el prosecretario no había recomendado ni pedido la contratación de esa persona. El sueño de la "laptop" propia lo hizo caer. Tal vez si pedía un auto hubiera tenido más suerte.
Esto ocurrió en Uruguay -no en una perdida tribu africana o en una republiqueta bananera-, en el siglo XXI y en uno de los organismos estatales más importantes que cuenta el país. Que factura millones de dólares y es el responsable de las comunicaciones. Incluso tiene el monopolio de la telefonía fija. Fue suficiente con que se invocara el nombre del prosecretario de la Presidencia, hermano del Presidente de la República, para que todas las puertas, los despachos y las cajas se abrieran. Ningún control. Nadie hizo preguntas. ¿Es normal esto? Para ingresar en un organismo como Antel, ¿basta una llamada del prosecretario de la Presidencia? ¿Quiénes más tienen derecho a este tipo de llamadas? ¿En qué quedó todo el "verso" de concursos y transparencia para los cargos públicos?
Este emblemático episodio desnuda una realidad que se percibía, pero a la que era muy difícil acceder por el férreo silencio del corporativismo político de esta administración: el clientelismo y el nepotismo. Algo de eso ya se había comprobado en el ministerio de Desarrollo Social. ¿Y en el Maciel, qué tal? Ahora saltó también que hace diez días ingresó como contratado en Antel el hijo de la vicepresidenta (ahora ex), y que para no entorpecer su nombramiento, se demoró un llamado a concurso. Como no hay presencia ni control de la oposición -bien se preocuparon por evitarlo- en ningún organismo público, ¿quién sabe a ciencia cierta cuál es la realidad de ellos? Es su feudo y se mueven como quieren.
Antel ha desnudado a esta administración. Y lo que se vio es espantoso.
Antes fue un asesor publicitario que aconsejaba no incluir pautas en medios que criticaran al organismo. Después fue un vicepresidente que ingresó personal para su custodia, como guardaespaldas, porque alegó que estaba amenazado. Nadie se preocupó por saber si eso era cierto, por investigar quién lo amenazaba y por qué. Simplemente, como lo pidió, lo contrataron. Y el vicepresidente terminó procesado por "simulación de delito". Tal vez lo que ocurrió es que Antel ligó mal y en dos meses acumuló irregularidades de enorme gravedad, que con un poco más de suerte, hubieran pasado desapercibidas. Si no hubieran tenido escándalo público, habrían permanecido bajo el manto de silencio que rodea a administración, donde todos -incluidos sindicatos- son "compañeros".
Bueno sería que desde el gobierno comenzaran a preocuparse un poco más para saber si esta gangrena no se ha generalizado y pidieran a sus abogados que investiguen y denuncien lo que parece incorrecto.
Esperar que estos episodios se conozcan solo por la "mala suerte" de Antel no parece la conducta adecuada para los que se rasgan las vestiduras invocando su honestidad o gritan a los cuatro vientos su incomparable "transparecencia". Los Entes Autónomos -entre otras cosas- no son un coto privado; son de todos los uruguayos. El daño está hecho, aunque el consuelo es que les queda muy poco.
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