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Francisco Faig
La definición de una política exterior inteligente para un país como el nuestro es fundamental para afirmar cierta independencia nacional. A lo largo del siglo XX el Uruguay supo llevar adelante, no sin dificultades, una política de equilibrios entre Argentina y Brasil. Pero el escenario cambió dramáticamente en este siglo XXI.
Las tendencias demográficas y económicas de largo plazo y las consecuencias políticas e institucionales de la desintegración argentina de 2001 han venido a inclinar fuertemente la balanza regional a favor de Brasil. Un Brasil que es promotor del G20; aliado de Rusia, India y China; potencia demográfica y territorial a escala mundial, y finalmente, interlocutor privilegiado de la otra gran potencia latinoamericana que es México.
El proceso de unión regional que avanzó en los 90 sufre las consecuencias de este nuevo papel de Brasil. Mercosur no es su prioridad, y se nota. Laudos arbitrales desoídos, incumplimiento de tratados internacionales y crecientes dificultades comerciales con nuestros socios dan cuenta del agobio que representa el Mercosur para Uruguay, y que ningún voluntarista y apurado parlamento regional ha podido ocultar.
El cándido sueño de unidad comercial y económica mercosureño se terminó. La consigna de unidad entre hermanos (vieja de 40 años al menos), que quiso y quiere latinoamericanizar el destino de Uruguay se enfrenta a este reflejo frustrante de la realidad.
La mejora de la calidad democrática no es preocupación de nuestros vecinos (salvo en Chile y Brasil). El excepcional crecimiento de la inversión, la riqueza y el comercio nacional de este último lustro no se hizo gracias a Mercosur. Uruguay precisa entonces revisar seriamente su política exterior. No porque haya que dar la espalda a la región: la realidad de las necesidades y dependencias energéticas del país ilustran, por ejemplo, lo contraproducente que eso sería para el desarrollo nacional.
Pero sí porque, ante el nuevo papel de Brasil, precisamos de un aliado pujante y vigoroso que apuntale nuestro crecimiento, que (desde lejos) devuelva cierto equilibrio en la región, y que ayude a profundizar nuestra calidad democrática.
Sin desconocer el papel brasileño en la región, nuestra decisión estratégica pasa, inevitablemente, por profundizar lazos con Estados Unidos. Es cierto que ya lo está haciendo Brasil. Pero desde su lugar de potencia emergente en un mundo multipolar. Nuestro perfil habrá de ser forzosamente distinto: pequeña República geográficamente estratégica, de calidad democrática, de comportamiento internacional previsible, distinta de sus vecinos. Hay dos países más que pueden potenciar esta apertura al mundo. Chile en la región. Y sobre todo Canadá, que puede transformarse en nuestro socio privilegiado en las dimensiones tecnológico-productivas -agricultura, lechería, forestación, pesca-; de cooperación militar; institucional-democrática; universitaria -¡vaya si lo precisamos!-, y en una concepción de paz y seguridad apoyadas en el respeto del derecho internacional.
Será el voto ciudadano el que decidirá si buscamos una nueva inserción internacional del Uruguay que amplíe nuestro horizonte del mundo, o seguimos con la que tenemos. Aquí también, las opciones son bien claras y distintas.
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