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La Camerata de Salzburgo tocó el jueves en el Solís
A. LALUZ
Imagínese el lector el movimiento de un pincel sobre el lienzo. El pulso del pintor va dejando un trazo de distintos grosores, intensidades, hasta completar una textura transparente, enriquecida con un juego de gamas cromáticas de delicado equilibrio. Es cierto que este tipo de ejercicio metafórico no sustituye la experiencia sonora. Pero al menos vale como intento de proyectar las notables interpretaciones de Haydn y Mozart que dejó la Camerata de Salzburgo el jueves en el Solís.
Bajo la dirección del austríaco Stefan Vladar, el prestigioso conjunto abordó este repertorio clásico con una musicalidad y compromiso interpretativo que atrapó al público en un atento silencio.
Ya con la Sinfonía N°82 en do mayor L`Ours de Haydn, en la apertura del concierto, condujo a la Camerata por un refinado camino expresivo. Cada movimiento reveló hasta las mínimas inflexiones de sus estructuras temáticas, y los recorridos tímbricos por las distintas secciones de la orquesta.
Esta sinfonía pertenece al conocido ciclo llamado las Sinfonías de París, que fueron encomendadas a Haydn por el conde d`Ogny. A esa altura de su carrera, el compositor tenía un alto dominio del oficio compositivo, y sus obras reflejan claramente las agrupaciones para las cuales fueron creadas. En este caso, se trataba de un grupo de músicos parisinos que en la época gozaban de gran prestigio. Y este jueves, más de 200 años después, este conjunto austríaco redobló ese compromiso, y dejó una revisión de la obra tan vital, nueva como comprometida con el marco histórico en la que se creó.
Con el Concierto para piano y orquesta N°9 de Mozart, el último de los que compuso en Viena hacia 1784, ocurrió otro tanto. Vladar dirigió desde el piano con la misma precisión que encaró las partes solistas. Y al final, la monumental Sinfonía N°41 en do mayor del hijo dilecto de Salzburgo, subyugó a todos con una versión potente, que también subrayó delicados contrastes entre segmentos enérgicos, casi marciales, con los de delicada elegancia melódica.
Esta performance antológica no es fruto del azar. Tanto el director -que tiene el mérito de ser el pianista más joven que haya ganado el histórico Concurso Internacional Beethoven, en Viena- y la orquesta, integrada en su mayoría por jóvenes músicos, portan la genética cultural de esta música. Y han crecido musicalmente con la guía de maestros como Sandor Vegh, Roger Norrington, entre otros.
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