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Jueves 03.09.2009, 14:17 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional


La bitácora

Uribe como límite al expansionismo chavista

CLAUDIO FANTINI

A Brasil le disgusta la proclividad colombiana a recurrir a Estados Unidos sin siquiera consultar a la potencia de la región. Para Lula, cuando Uribe levanta el teléfono, su dedo marca instintivamente el teléfono de la Casa Blanca, mientras que del Planalto no recuerda ni el código de área. A eso se suma el acuerdo militar de Bogotá y Washington, que avanza a contramano de uno de los objetivos que Brasilia trazó para Unasur: que en Sudamérica no haya bases ni efectivos de ninguna potencia extrarregional.

Para colmo, el acuerdo dejará buena parte de la Amazonia al alcance de los ojos espías del Pentágono. A pesar de todo, Lula fue el protector oculto de Álvaro Uribe en la cumbre de Bariloche. Oculto, porque camufló su accionar en un discurso con inquisiciones al presidente colombiano; y protector porque, en definitiva, realizó todas las presiones necesarias para que la cumbre no condenara la presencia norteamericana en siete bases de Colombia, ni dejara a ese país fuera de Unasur.

¿Por qué lo hizo? Porque sintió que debía elegir entre dos males y optó por el que, en definitiva, le preocupa menos en lo inmediato. La presencia militar norteamericana es riesgosa y humillante, pero el acuerdo con Colombia implica un elemento de disuasión frente al proyecto geopolítico chavista.

El plan del hombre fuerte de Caracas es expansionista, aunque no en la acepción convencional del término. Chávez no quiere expandir territorialmente a Venezuela a costa de territorios vecinos; lo que quiere expandir es su modelo político-económico para colocar la máxima cantidad posible de países bajo su propio liderazgo.

Ese es el expansionismo chavista. Ya están a la sombra del exuberante líder caribeño Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Y desde hace tiempo intenta hacer pie en Colombia, reclutando dirigentes y relacionándose con la envilecida guerrilla que convirtió la selva en un Gulag surrealista.

Sueña con reconstruir la "Gran Colombia" que Bolívar creó y comandó desde Caracas hasta 1830. Pero Uribe es un obstáculo para ese proyecto geopolítico. Por eso Chávez trabaja obsesivamente para aislar y debilitar al gobierno colombiano. Tal obsesión lo lleva permanentemente a verbalizar su injerencia en los asuntos internos del país vecino.

En la reunión de Bariloche, Uribe no pudo demostrar fehacientemente la utilidad norteamericana en la lucha contra el narcotráfico. Pero Chávez no pudo rebatir la acusación de injerencia y amenazas belicistas que le formuló su archienemigo. Es difícil rebatir lo que está a la vista de todos, porque permanentemente Chávez llama al pueblo colombiano a levantarse contra la "oligarquía burguesa" que controla el Estado, convirtiéndolo en "vasallo del imperialismo". Es difícil negar lo que todos escucharon cuando habló de "vientos de guerra" y cuando ordenó al ministro de Defensa que mande una "división de tanques a la frontera".

Lula entiende que, frente a un modelo de expansionismo político como el chavista, Uribe no es el principal problema sino uno de los límites a ese problema. Por cierto, preferiría que abandone su proclividad a discar el teléfono de la Casa Blanca antes que el del Planalto; pero es consciente de que el mandatario colombiano siempre estuvo regionalmente solo a la hora de enfrentar los tumores que carcomen a Colombia desde sus selváticas entrañas: narcotráfico, guerrillas y paramilitarismo.

Por eso Uribe pudo regresar a Bogotá sin condena de Unasur y con su acuerdo militar intacto. Lula fue su eficaz protector oculto.

El País Digital

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