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Sábado 29.08.2009, 20:10 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


Enfoque

La cultura del reclamo

Aníbal Durán Hontou

Apelo al doctor en Historia, Marcos Cantera Carlomagno. Una nota de él es mi fuente de inspiración para este artículo.

Marcos Cantera recurre al buscador Google y constata lo siguiente: poniendo las palabras "derechos" y "deberes" (en español) o "diritti" (derechos) y "doveri" (deberes) en italiano o "droits (derechos) y "devoirs" (deberes) en francés, en los tres casos mencionados, por amplísimo margen se prioriza el tema derechos sobre el de los deberes, llevando la delantera los italianos.

Después de esta experiencia, Cantera prueba la respuesta en sueco (Cantera vivió muchos años allí). Y aquí el resultado es a favor de los "skyldigheter" (deberes) que de los "rattigheter" (derechos), en una proporción de ocho a uno.

¿Qué conclusiones rápidas se puede extraer de esto?

Sin duda que los latinos (a ambos lados del Gran Mar, como dice Cantera), hacemos mucho más hincapié en los derechos que en las obligaciones. Aquí (y también parecería que en Francia e Italia), todo nos es debido, tenemos una cultura del reclamo que muchas veces es por el reclamo en sí mismo, sin medir consecuencias.

Estamos (en Uruguay sin duda) mucho más dispuestos a pedir que a dar; exigimos sin tasa ni medida, en una postura poco solidaria y consecuentemente, egoísta.

Sin embargo en Suecia, sociedad netamente capitalista, desarrollada, con un nivel de vida altísimo, el ciudadano pide menos y cede mucho más; como dice Cantera, el ciudadano tiene "conciencia social", se siente parte del colectivo en donde vive y tiene claro que una sociedad se construye entre todos.

¿Qué es lo qué pasa? Sin duda hay un problema en la escala de valores, en definitiva un problema cultural.

En nuestro país, la clase media va mermando; en 1985 un 82% de la sociedad sostenía valores de clase media; el pasado año, reflejó un 67%. ¿A qué nos referimos con clase media? A que la posición en la vida depende del esfuerzo personal, de la actitud, la educación, el trabajo, el ahorro.

Sin duda el asistencialismo del gobierno en este lustro que termina, prohijó fuertemente la cultura de los derechos, no pidiendo a cambio de aquellos, prácticamente nada…

Esta filosofía de más derechos que deberes también se refleja en la mesa de negociaciones en diversos ámbitos.

Pertenezco a la industria de la construcción, que viene siendo un ejemplo para el resto y una excepción a lo que venimos sosteniendo. Desde hace muchos lustros, las partes se sientan en derredor de una mesa y formalizan sus convenios salariales y aspectos no necesariamente vinculados al salario.

Existe una cultura transaccional, es decir, otorgamiento de recíprocas concesiones.

Con esta afirmación nadie debe ni efímeramente pensar que los delegados del Sunca son más accesibles que delegados de otros gremios.

En términos generales y como cultura equivocada, no abordamos a consensos porque precisamente no nos ponemos en el lugar del otro, de allí que reclamamos y exigimos, pero estamos reacios a dar, a ofrecer.

En el tema de los deberes para con la sociedad, por suerte va tomando cuerpo todo lo referido a la responsabilidad social empresaria, que en definitiva traduce una forma de ser. La aparición de esta nueva cultura, está modificando la forma como algunas empresas hacen negocios y se relacionan con la sociedad.

Existe un nuevo paradigma que propone sustituir la empresa narcisista, exclusivamente orientada a obtener rentabilidad para sus accionistas, por una empresa que consciente de sus deberes, procura equilibrar esa rentabilidad con el desarrollo social y la sustentabilidad ambiental.

Sin duda (y viene ínsito en el concepto de los deberes) la hombría de bien, la ética en nuestra forma de actuar, son eslabones insustituibles hacia el desarrollo y seguramente el tránsito hacia aquel sería más corto, si actuáramos así.

El sistema político debería asumir "deberes", y no mirar siempre la paja en el ojo ajeno. ¿No cabe el acto de contrición en un político?

Tendrían que abocarse al deber irrenunciable de consensuar en temas vitales (ya el guante lo lanzó el Partido Independiente): educación, reforma del Estado, seguridad, inserción internacional, a vía de ejemplo.

Pero créanme, me gana el escepticismo; muchos actores políticos están imbuidos de una soberbia, de una jactancia rayana en la intolerancia, adoptan verdaderas actitudes ramplonas que lo único que hacen es desacreditarlos, aunque muchos de ellos lindando con el paroxismo, se creen dioses (pienso en un senador devenido en candidato carente de autoridad moral) y dan consejos sin solución de continuidad.

La sociedad sufre un déficit de buenos modales; seguramente no un colapso moral, sino un deterioro de aquello que hace funcionar a la maquinaria social; un quiebre en la mutua tolerancia y respeto que les otorga a los individuos de una compleja sociedad pluralista (como la nuestra) el suficiente espacio para vivir sus propias vidas en paz.

Hay que restaurar valores, aventar odios, serenar los espíritus. ¿Estamos observando eso en la lid electoral?

El País Digital

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