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Candidata. Hathaway brilla en "El casamiento de Raquel"
GUILLERMO ZAPIOLA
La distribución cinematográfica tiene esas cosas. Una de las labores candidatas al Oscar a mejor actriz no llegó a las salas montevideanas, sino que saltó directamente al DVD. Se trata de "El casamiento de Raquel", con Anne Hathaway.
Hathaway es el eje de este drama de Jonathan Demme (Filadelfia, El silencio de los inocentes, El embajador del miedo), aunque no su único elemento de interés. La actriz encarna a Kym, una joven a quien se le permite una salida transitoria del instituto de rehabilitación en el que se encuentra internada para regresar a la casa familiar, a fin de asistir a la boda de su hermana Raquel (Rosemarie Dewitt).
La protagonista carga con toda una historia de crisis y conflictos familiares y personales. Amigos y conocidos de los novios se han reunido para pasar un buen rato, pero la irrupción de Hathaway, mordaz, aguda y a veces autodestructiva, opera como catalizador que revela algunas tensiones acumuladas a lo largo del tiempo en el núcleo familiar. El personaje enfrenta a sus padres divorciados (Bill Irwin, Debra Winger), lidia con el recuerdo de un accidente de tránsito que derivó en tragedia, y es a su vez juzgada por los otros en lo que alguien ha descripto como "una variante moderna de los procesos por brujería en Salem".
"Todos me miran como si fuera una sociópata", comenta en determinado momento el personaje de Hathaway. La guionista Jenny Lumet (hija del director Sidney Lumet, de Doce hombre en pugna y muchas otras; nieta de la gran cantante Lena Horne), el director Demme y su director de fotografía han concebido su film como una serie de escenas largas, con escasas indicaciones para los actores y mucha música en directo. No hubo ensayos previos y se dejó que las cosas simplemente ocurrieran delante de la cámara, muy a menudo en mano, sin demasiada manipulación, lo que contribuye considerablemente a un aire de inmediatez y frescura que añade interés al resultado. En algunos momentos, incluso, los propios actores se convirtieron en camarógrafos: se les entregó una cámara y se les pidió que se metieran en medio de la acción y la registraran.
La propia forma del film, que entremezcla con esos recursos otros de cine muy clásico (rodaje en treinta y cinco milímetros, encuadres prolijos, esmeros de continuidad) expresa de alguna manera las intenciones de sus autores: confeccionar un producto comercialmente vendible (el elenco incluye, como ya se ha señalado, varios nombres prestigiosos) con un empeño de "independencia" que se acentúa en el espíritu crítico que recorre varios tramos de esta crónica de malas costumbres burguesas.
No hay que olvidar que el director Demme es un discípulo de Roger Corman, y que aprendió junto al Rey de la Clase B muchos de sus procedimientos de producción y dirección. No hay que olvidar tampoco que Jenny Lumet proviene de varias generaciones de artistas, y de gente que ha mantenido a lo largo del tiempo (su padre es un ejemplo clásico) una mirada inconformista sobre su sociedad y el mundo.
Ambos datos se reflejan en la larga serie de premios que el film ha obtenido, casi todos para su excelente actriz Hathaway y para su compañera de elenco Dewitt. No es casual que la película haya conseguido una buena cantidad de nominaciones a los Independent Spirit Awards, y también nominaciones al Oscar. Dos universos una vez enfrentados parecen acercarse cada vez más.
¿Una gran película? No necesariamente. Pero sí una película sólida, bien escrita, que explota inteligentemente las posibilidades dramáticas de una situación por cierto muy arquetípica pero que rinde en la pantalla, que se beneficia del aporte de un elenco extremamente competente y que consigue (no es poco logro) que el espectador experimente la sensación de "estar ahí".
Anne Hathaway se había ganado una primera fama en cine como heroína de películas "familiares": las dos entregas de la serie El diario de la princesa (2001 y 2004), la adaptación de Dickens de Nicholas Nickleby (2002). Pero parece haber entendido que corría el riesgo del encasillamiento y decidió escapar de él. Ya había jugado la carta de la independencia en un film anterior (Havoc, 2005, de Barbara Kopple), lo repite aquí, y logra triunfar en toda la línea.
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