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DIEGO FISCHER
Es muy difícil saber a qué responde el comportamiento de algunos uruguayos. O dónde está la razón para que muchos compatriotas actúen de la forma que lo hacen. Me refiero a la constante violación de las normas básicas y elementales que hacen a la convivencia en una sociedad. Y conste que esta vez no hablo de la basura y de cómo se ensucia Montevideo y peor se limpia.
Si usted asiste al teatro con frecuencia habrá comprobado que antes de comenzar la función una voz en off solicita que se apaguen los celulares. También ese locutor o locutora advierte que está prohibido tomar imágenes del espectáculo. La primera exhortación responde a una norma de elemental sentido común, refrendada por una disposición Municipal. ¿Ha comprobado usted cómo corta el clima de una obra y cómo descoloca a los actores el sonar de un celular que, casi siempre, irrumpe con los más variados y estridentes sonidos, en el momento más dramático de la función?. ¿Ha visto usted cómo con esos mismos celulares o con cámaras digitales muchos espectadores toman fotografías y graban escenas enteras que luego -en algunos casos- suben a Internet?; desconociendo que las imágenes que han robado es el trabajo de personas (por qué los actores son trabajadores) que pretenden vivir de su trabajo. Aunque la ley no se aplique ¿sabrán que están cometiendo un delito penado por la ley? Algo similar sucede en el cine. Hace pocos días presencié cómo una señora atendía su celular con el ringtone de La Tocata y Fuga de Bach y hablaba a los gritos sin inmutarse, en medio de la proyección de Enemigos Públicos. Y qué decir de lo que sucede en los ómnibus, fundamentalmente en los interdepartamentales, donde en un viaje largo, cuando uno pretende dormir, debe enterarse a prepo de la vida y proyectos de otros pasajeros que aprovechan el viaje para saludar a amigos y familiares y contarles sus cuitas. Nada habla más de nosotros mismos que nuestros gestos. La educación de una sociedad no sólo se mide en el porcentaje de alfabetización. Estas cifras pasan a ser un dato más cuando nuestra conducta y proceder demuestran que el respeto a las normas y al otro no son prioritarios, ni siquiera importantes, para muchos.
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