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JORGE ABBONDANZA
A un sector de la izquierda francesa no le gustó Katyn, una película del gran realizador Andrzej Wajda donde se reconstruye la masacre de 22.000 oficiales del ejército polaco por fuerzas de la policía soviética en 1940. Esos franceses, incluidos algunos críticos que escriben en la prensa, cuestionan ahora que la película ponga en pie de igualdad los crímenes del nazismo y los del stalinismo, porque consideran que los primeros fueron más graves que los segundos. Pensar así puede ser discutible, en primer lugar porque aquella matanza pudo cometerse al amparo del protocolo secreto que Stalin firmó con Hitler para repartirse Polonia, y en segundo lugar porque Wajda, que es un artista de gran entereza moral, es además el hijo de una de aquellas víctimas de la carnicería soviética.
Todo depende del grado de conocimiento que tenga quien aspira a juzgar a los mayores monstruos del siglo XX, como Hitler y Stalin, entre otros. Conviene leer sobre las dictaduras de ese período, no sólo para enterarse de lo que ocurrió en los campos de exterminio del nazismo y saber cuántas víctimas dejó el Tercer Reich, sino también para tener idea de la represión stalinista, con millones de muertos provocados por la colectivización forzada del agro, la deportación de pueblos enteros para doblegar su desobediencia, otros millones de presos en los "gulags" del Círculo Ártico y las purgas de los años 30 en que Stalin mandó ahorcar o fusilar a militantes de su propio partido y a buena parte de la oficialidad del Ejército Rojo.
Una vez que el espectador se entera de esos pormenores, parece difícil quejarse de que una película como Katyn compare a Hitler con Stalin, porque ya no se sabe cuál de los dos fue peor, pero en cambio se sabe lo que ocurre cuando un individuo razona a través de la emotividad ideológica, ese tembladeral donde la simpatía resuelve lo que es bueno y lo que es malo. Sería oportuno que los franceses a quienes no les gusta Katyn, sepan que si alguien tiene afinidad con el viejo comunismo, querrá salvar la memoria de Stalin y no la de Hitler, que en cambio será defendida por los entusiastas de la svástica, probablemente con la cabeza rapada. El fondo del asunto es tan sencillo como eso.
Un vocero de la cancillería rusa se quejó hace unos días de algo similar. La Asamblea Parlamentaria de la Organización para la Seguridad y la Coordinación en Europa (que representa a 56 países) había emitido una declaración donde también equiparaba a los "grandes regímenes totalitarios", aludiendo a genocidios, derechos humanos aplastados y libertades mutiladas. El texto no les gustó a los rusos, que hablaron de "la deformación de la historia con fines políticos". Sería mejor que recordaran cómo la URSS deformó la historia en sus enciclopedias durante siete décadas, mientras a los franceses que discreparon con Katyn habría que facilitarles los testimonios donde se menciona el silencio de sus compatriotas comunistas sobre la Alemania nazi, que había ocupado Francia en junio de 1940 y a la que toleraron sin chistar porque estaba vigente el Pacto de No Agresión germano-soviético. Recién un año después, cuando Hitler invadió la URSS, recuperaron de golpe su conciencia y descubrieron que el nazismo era algo malo.
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