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RENZO ROSSELLO
Hubo una época que ahora parece soñada en que la capital del exilio era París. En las tres primeras décadas del siglo XX muchos escritores iban a engrosar la Rive Gauche, llegaban como verdaderos perseguidos aunque el rostro del perseguidor era multiforme, tan difuminado como poderoso y se llamaba sistema. Era el caso de los norteamericanos de la generación perdida que pasan por las páginas de "París era una fiesta" (Ernest Hemingway). Otros llegaban a esa ciudad huyendo de persecuciones más concretas, Albert Camus y su Argelia convulsa. Otros como James Joyce vivían un desarraigo que iba más allá de los vaivenes políticos, de separatismos viscerales e irreconciliables, un desarraigo que le bajaba hasta los últimos escalones del alma.
Y mucho más acá, más cerca y más lejos, los escritores uruguayos que buscaron alivio en un nuevo suelo. Onetti, interdicto por el régimen -acusado de pornógrafo y condenado a algo más que la cárcel, a la declaración de loco e internado como tal en el psiquiátrico-, se refugió en Madrid y nunca más regresó.
Los escritores como portadores de la palabra continúan representando la amenaza más visible e intolerable para las autocracias, los totalitarismos de todo signo, las teocracias petroleras, corporaciones y mafias, estados fallidos y otras patologías de la nueva modernidad. Son los nuevos prometeos, entonces, encadenados a la roca por los nuevos dioses por atreverse a llevar el fuego sagrado de la palabra a la gente.
Porque, es muy claro para las autocracias, una palabra vale más que mil imágenes, mil de esas que se ven por televisión a cualquier hora.
Que la vieja y, pese a todo, aún amable Montevideo sea otro refugio para escritores perseguidos permite avivar la llama. La ciudad donde todavía hablan los fantasmas de don Mario, de Onetti, de Felisberto, Paco Espínola, Levrero, Idea, don Homero, Delmira y el conde de Lautréamont parece el mejor lugar para amparar a los que sufren persecución por poner en palabras lo que nos pasa como seres humanos.
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