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Antonio Mercader
Mártires tiene la historia reciente desde Mahatma Gandhi hasta Martin Luther King. Un mártir es un hombre capaz de morir por sus ideas y no quien mata para imponerlas. Lejos de ser un mártir, el Che Guevara fue un adicto a la violencia que cayó en su ley predicando una revolución imposible en Bolivia. La sociedad de consumo contra la que combatió terminó convirtiéndolo en un ícono estilizado en pósters, boinas, banderas y camisetas a la par de una estrella de rock. A pesar de ello, su mito de aventurero puro y duro se corroe con el paso del tiempo hasta descorrer el velo de su auténtico rostro: el del jacobino implacable, el del porteño altanero.
Antes fueron libros y canciones, ahora es la segunda parte de la saga cinematográfica de Soderbergh (Che: guerrilla, con Benicio del Toro) la que insiste en pulir la imagen de quien se hizo célebre, junto a Fidel Castro, en la revolución cubana. Aquel fue su apogeo y su revelación como verdugo vocacional pues a la hora de fusilar, su condición de extranjero -sin lazos con la sociedad cubana- lo tornó elegible para presidir las ejecuciones en la prisión de La Cabaña. Allí están para quien quiera verlas, sus fotos en plena carnicería, y el histórico paredón, otrora tinto en sangre, ante el cual hacía desfilar a quienes venían a recoger los restos de sus familiares.
No nació para gobernar sentado detrás de un escritorio. Lo suyo no era construir con paciencia y constancia la utópica sociedad del hombre nuevo. No era tarea para él, montaraz y anárquico. Fuera de Cuba perdió su brillo, y el halo juvenil de Sierra Maestra quedó opacado en peripecias fallidas. Así llegó a Montevideo de incógnito, en el verano de 1966, para confortarse entre sus amigos uruguayos y obtener su falso pasaporte a nombre de un tal Ramón Benítez con el que ingresó a Bolivia para iniciar su anhelada revolución latinoamericana.
Las versiones sobre el fracaso del foco guerrillero que se extinguió con su muerte en Valle Grande coinciden en hablar de traición, locura y muerte. Regis Debray, el escritor francés que lo siguió casi hasta el final, lo describe afiebrado, caminando semi-descalzo por la selva, gritando palabras incoherentes a indígenas que no comprendían su idioma y sermoneando sin tregua a sus desilusionados guerrilleros.
Lo muestran desengañado, abatido y consumido por el rencor hacia quienes desde La Paz, La Habana y otras capitales le habían prometido un apoyo que nunca llegó.
Esta segunda entrega de Soderbergh (la primera se tituló Che, el argentino) cuyo mayor mérito es quizás haber caracterizado a del Toro como un clon de Guevara, tiende a evadir el clima de empalagosos elogios hacia su personaje, típico de las versiones de la izquierda sesentista. Pero aun así, por momentos sucumbe a la tentación de adornarlo con toques de un glamour imposible en medio del descalabro de su expedición boliviana. Alguna concesión debía hacer la película a quienes todavía creen que Guevara fue un idealista ejemplar, el martirizado redentor de los condenados de la tierra.
Una película anterior dirigida por Walter Salles, Diarios de motocicleta, había narrado su etapa juvenil y desnudado con puntería el impulso suicida de un joven acosado por los espasmos casi terminales del asma. Desde siempre, al igual que Gandhi y Luther King, el Che estuvo dispuesto a sucumbir por sus ideas, sólo que antes de su hora final -a diferencia de aquellos dos mártires- hizo lo posible por arrastrar a la muerte a cuantos se le cruzaron en su camino.
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