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Esta es una continuación del editorial del 7 de agosto -"La gran mascarada"- que forma parte de una serie de notas que se han publicado en esta página denunciando el mamarracho jurídico que se está gestando en torno al plebiscito que se llevará a cabo en octubre, para que por vía de reforma constitucional, se anule una ley que va a cumplir 23 años de vigencia y aplicación plena por la Justicia, de manera que todo quede como si en nuestro derecho positivo las normas cuestionadas no hubieran existido nunca.
Decíamos entonces que el meollo de la cuestión, no tenía nada que ver con lo político, y citábamos al Dr. Enrique Beltrán cuando destacaba el razonamiento del Dr. Carlos Maggi, concluyendo en que este intento de introducir en la Constitución una norma vandálica, incursionaba en el terreno meramente técnico, pero tenía un posible efecto colateral, de un alcance peligrosísimo respecto de aquellos que se manifestaran a favor o en contra de la ley. Es que, tratándose de una amnistía -digámoslo sin ambages- a militares y equiparados por la represión a la guerrilla en la dictadura, en la que sin duda se cometieron excesos, enfrentarse a este engendro podía dar la imagen de una toma de posición a favor de una forma de terrorismo. Pero apoyarlo, puede estar significando también un acto de simpatía al terrorismo guerrillero que trajo de la mano al régimen de facto.
No es fácil la actitud asumir por los partidos tradicionales. Para el Partido Colorado por ejemplo, por ser quién es su candidato presidencial, pero en todo caso, es problema de esa colectividad la actitud a asumir. Vayamos entonces a lo que atañe a lo nuestro.
Dentro del Partido Nacional, ha trascendido que la idea del candidato presidencial es la de dejar las manos libres a los votantes. Si bien reitera que en su momento, cuando el referéndum en serio, optó por el voto amarillo o sea por ratificar la ley, ahora, la actitud sería tomar distancia. Parecería que el Dr. Lacalle piensa que no es un tema que le quite el sueño al país, por lo que en lugar de involucrarse en la campaña, prefiere ignorarlo. Como decisión política es respetable, máxime cuando la acompañó con una rotunda negativa a un pedido de los gestores de la campaña anulatoria, para introducirse en los actos del nacionalismo a bregar por el éxito de la misma.
Las intenciones de su socio en la UNA, el Dr. Francisco Gallinal, serían otras, la de defender la ley en el plebiscito. Puede estar influyendo la barbaridad técnica, pero se nos ocurre que en el ánimo del senador esté pesando el protagonismo que tuvo Wilson Ferreira Aldunate en la búsqueda de la solución que en ese entonces la gran mayoría del país entendió era la adecuada para la pacificación definitiva. Y del arraigo wilsonista del Dr. Gallinal nadie discute. Como tampoco se discute la raíz wilsonista del Dr. Jorge Larrañaga y buena parte de su tronco de Alianza Nacional, pero sin embargo, Larrañaga en su momento apoyó el voto verde, o sea, votó a favor de la derogación de la ley de caducidad, mientras que ahora, con inquietudes más de sentido común -como la de para qué sirve esta farándula, pregunta para la que sus participantes no tienen respuesta- se ha pronunciado por la negativa plebiscitaria.
Lo dijimos antes y lo reiteramos ahora. Si se hacen valer argumentos principistas, no es propio de un Estado de Derecho semejante atentado al Derecho mismo. La estrategia política, sin embargo, puede estar sugiriendo ignorar un enfrentamiento que tiene mucho de estéril por sin sentido y que a su vez, ha logrado por un lado desconcertar y paralelamente hartar, a la gente. Los hechos además están demostrando que el globo se va desinflando, y que a la desatención e indiferencia total del electorado, se le suma una sensible pérdida de fuerza del empuje inicial, cuando la gente firmaba adhesiones sin tener la menor idea de lo que se le estaba pidiendo y para qué. Ahora, cuando se empieza a saber de qué se trata, al votante debidamente informado no es fácil borrarle de su mente la inconfundible imagen del circo.
Hay cosas más importantes en las que pensar y quien razone con esa frialdad y acierto al mismo tiempo, tiene que sentirse agredido por la propuesta de ensobrar el SI de este proyecto de reforma, que en definitiva no reforma nada, porque el pueblo uruguayo -y está escrito en la historia del país- hace mucho tiempo que ya dio vuelta esta página.
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