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JORGE ABBONDANZA
Con absoluta formalidad, los uruguayos se preparan para celebrar una Noche de la Nostalgia sin tabaco ni alcohol. No se puede fumar bajo techo y tampoco puede beber quien maneja un automóvil. Desde el punto de vista sanitario, esas disposiciones oficiales son irreprochables, aunque con el espíritu de una expansión colectiva y con una visión noctámbula puedan resultar fatales. La pureza atmosférica y el comportamiento juicioso al volante, presidirán la velada del lunes 24 demostrando que los uruguayos anteponen la obediencia a la disipación, como corresponde a un pueblo disciplinado y dócil que sin embargo no piensa en el mortífero escape de los vehículos motorizados, porque de eso los gobernantes no le hablan.
En todo caso, felices los pueblos cuya preocupación es el consumo (o la abstinencia) en torno a una noche de festejo, donde siempre queda la alternativa de bailar, estar reunidos, seguir en pie hasta la madrugada y tomar refrescos. En otras latitudes de este planeta hay motivos más serios para quedar perplejo ante la realidad y razones más graves para preocuparse. En Venezuela, por ejemplo, el presidente anuncia verbalmente una eventualidad de guerra con Colombia, inquieto por el uso que Estados Unidos podrá hacer de siete bases militares, olvidando empero que Colombia vive un estado de guerra interna desde hace medio siglo y que ese conflicto ha tenido un devastador saldo en vidas, bienes y derechos humanos despedazados. El presidente venezolano debería alargar su memoria y achicar su vehemencia oral, pero lograr eso no siempre es fácil con los gobernantes temperamen- tales.
El mundo sufre de muchas maneras, más allá de Venezuela. En el África negra (que el eufemismo europeísta define como África subsahariana) son aplastantes las cifras de muerte por sida, cataclismo que a esta altura ya produjo 13.000.000 de huérfanos por culpa de esa pandemia, nunca mitigada por una industria farmacéutica que se niega a vender medicamentos genéricos al continente más pobre del globo. Habría que averiguar qué intereses se mueven por detrás de esa monstruosidad farmacéutica, aunque la gente mejor informada puede tener suposiciones al respecto y sacar conclusiones del martirio africano vinculado al tráfico de diamantes y de oro, sin llegar al tráfico de virus mortales.
No sólo en África la vida puede ser un suplicio. También lo es en Irak, donde siguen produciéndose los atentados en cadena que matan gente como si el conflicto religioso que enfrenta a sectores musulmanes irreconciliables, no tuviera nada que ver con la guerra que entabló Estados Unidos hace seis años y medio. Y otras truculencias similares se producen en la cordillera caucásica, donde Rusia ha generado una catástrofe al intervenir militarmente en Chechenia y vigilar de cerca la inestabilidad de Georgia. Ese desastre no tendrá una solución sencilla, pero bajo el manto de reserva que Moscú ha tendido en torno al conflicto, sobrevive como puede un pueblo masacrado, muchas ciudades bombardeadas y una mortalidad abrumadora. Preocuparse por el alcohol y el tabaco en la Noche de la Nostalgia, es definitivamente una trivialidad.
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