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Ricardo Reilly Salaverri
El pasado sábado, en la sede del club Atenas en Montevideo, se reunió la convención del Partido Nacional. No conozco a los responsables de la organización del acto que fue emotivo. Allí estaban Artigas, Oribe, Lavalleja, los Treinta y Tres Orientales, Leandro Gómez, Timoteo Aparicio, Diego Lamas, Aparicio Saravia, Washington Beltrán y acortando Luis Alberto de Herrera y Wilson.
La emoción nacionalista no estuvo solamente en el ámbito material de la reunión. Amigas y amigos de años en la causa partidaria, desde sus hogares más lejanos, en comunicación posterior, me dijeron que habían vivido la jornada con calor, contemplando lo que sucedía ante las maravillas electrónicas de la comunicación de estos tiempos.
El nacionalismo marcha al debate cívico conducido por dos líderes de fuste. Basta con mencionarlos. Referimos al Dr. Luis Alberto Lacalle y al Dr. Jorge Larrañaga. Para quienes llevamos en el alma los sentimientos de la causa histórica, saber que salimos a la lid cívica al amparo de una jefatura noble, invita al esfuerzo, levanta la esperanza y robustece la confianza.
No vamos a una controversia de tono menor. Al contrario, como se viene expresando estamos los orientales ante una decisión mayor.
Nadie ignora que la definición del destino republicano estará sustancialmente vinculada a una opción de hierro: el Partido Nacional o el frente de las izquierdas que no han renunciado al leninismo, cuando en el mundo la última es una lengua que hace tiempo no se conjuga más.
La realidad nos demuestra que ante una certeza como la que plantea el nacionalismo, con sus más de 150 años de vida, hacedor de la convivencia democrática y soldado del estado de derecho, se levanta la hipocresía y la duda, de los que "como te dicen una cosa te dicen la otra", sin más reserva ética que la de hacerse del poder, con propósitos ignotos.
Cuando la convención nacionalista en la calle y los pasillos del gimnasio de Atenas, nos cruzamos con gente con la que muchas veces dejamos emprendimientos desinteresados al amparo de las banderas históricas.
Y, nos vino a la memoria espontáneamente un acontecimiento de larga data.
Con la Policía cerca nos habían clausurado las austeras páginas del diario "El Debate", y el Dr. Lacalle asumió la responsabilidad de imprimir sus hojas en "ediciones clandestinas".
En una de ellas, registró una expresión del Dr. Luis Alberto de Herrera que tenemos presente y que -no sabemos por cual circunstancia- siempre nos ha sido de memoria fácil y con la que cerramos la columna. Reza así: "Que salgan, que vayan. Que arranquen en tropel, tal el precio de la ilusión intangible, por intangible más bella. Y, si retornan, no de todos puede decirse que traen ensangrentado el pie, curtido el rostro, rotas las manos de tanto pegar en la realidad y que también traen -suprema ventura- encendido y limpio el Ideal que les invitara a partir".
En el amanecer de una jornada plena de desafíos, al reencontrarnos en la convención, con personas a las que reiteradamente hemos frecuentado cuando convocan las clarinadas del nacionalismo, sentimos -con el anhelo de permanecer firmes en la lucha, y de imponer nuestra divisa al porvenir- que más allá de los caprichos de la vida, está presente la legión que mantiene encendido y limpio el Ideal, que alguna vez nos hizo estar juntos en la vocación de servicio que alienta el Partido Nacional.
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