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CLAUDIO FANTINI
Esquilo explicó en la antigüedad lo que el senador californiano Hiram Johnson sintetizó en 1918 diciendo que "en la guerra, la primera víctima es la verdad". Lo que les faltó decir a ambos es que la verdad no empieza a morir en los campos de batalla, sino en la antesala de todos los conflictos bélicos.
Posiblemente miente EE.UU. al afirmar que los militares que desplegará en siete bases colombianas tendrán como misión luchar contra el narcotráfico. Es más probable que busque asegurar el control sobre el espacio venezolano, para el caso de que Holanda decida no renovar el acuerdo que otorga a los marines bases en Aruba y Curazao.
También es posible que mienta Hugo Chávez al justificar sus advertencias bélicas en que, entre los puestos militares que tendrá en Colombia y las dos bases insulares, "el imperio nos está cercando". Si el gobierno holandés no renueva el contrato, lo que hoy parece muy probable, la situación con el implante militar en Colombia no cambiará en casi nada.
Colombia y Venezuela tienen diferendos territoriales típicos de los países que alguna vez fueron parte de un mismo Estado. La separación dejó las heridas y cicatrices territoriales que siempre deja la separación entre siameses. Hay un nacionalismo venezolano que denuncia la proyección colombiana hacia las puertas del Lago Maracaibo (yugular de petróleo venezolano) y la intención de apropiarse de la Isla de los Monjes, entre otros puntos de discordia.
Cuando era joven, Chávez militó en las corrientes nacionalistas (anticolombianas) del ejército. Pero desde el liderazgo que construye con base en Venezuela y proyecta a la región, el hombre fuerte de Caracas agregó una razón geopolítica a la tensa relación bilateral: su intento aún no proclamado de reconstruir la Gran Colombia. Y para ese objetivo, el gobierno colombiano es un obstáculo insuperable por estar en manos de un presidente situado en las antípodas ideológicas del chavismo.
Finalmente, Chávez tiene una tercera razón para crear tensiones bélicas: la caída del precio del petróleo, la inflación y la violencia delictiva desenfrenada están minando su popularidad. Frente al riesgo de debilidad, los liderazgos de esas características buscan que tensiones externas lo ayuden a cerrar filas internas.
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