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REBAR
En España vive (y la pasa bomba) un ingeniero llamado Florentino Pérez. Su fortuna -ingobernable ante cualquier tentativa de cálculo aproximado- la hizo bien desde abajo, asfaltando el país en las cuatro direcciones, como adhiriendo al concepto que a un humorista hispánico le merecen sus compatriotas: "lo único que une a los españoles son las carreteras".
Por segunda vez en sus 62 años zarzueleros, don Florentino asumió recientemente la presidencia del Real Madrid: en esta oportunidad, puso su chequera sobre la gran mesa que domina el ambiente en que sesiona la junta directiva y dijo a sus compañeros:
-Hay 300 millones de euros para comprar a los mejores jugadores del mundo. La lista -que todos tenían mentalmente ordenada- la encabezaba Cristiano Ronaldo, como astro máximo de una auténtica constelación estelar que daba al famoso club la certeza de vengarse de los frustrantes reveses sufridos en los últimos tres años, tanto en lo nacional como en lo internacional.
Ronaldo estaba jugando a disgusto en el... ¡Manchester United!... en permanente desafinación con las órdenes y las tácticas de Sir Ferguson, el eterno DT del histórico equipo inglés: para que el club pudiera vivir en paz de vestuario, tenía que salir uno de los dos... y el que se quedó adentro fue el "Fergu".
Real Madrid -que observaba a los toros desde la barrera- aprovechó la ocasión y arremetió para contratar al crack portugués: tuvo éxito; el pase le costó la friolera de 94 millones de euros (131 millones de dólares o, si lo quieren en inglés básico, 80 millones de libras esterlinas) pagados en una sola entrega y en efectivo.
El pasado 6 de julio, el "chaval" fue recibido por 85.000 personas en el estadio Santiago Bernabeu, en una bienvenida sin precedentes a la que él correspondió aplaudiendo al público mientras desfilaba por el field equipado de merengue, luciendo la camiseta N° 9 (la que hiciera mundialmente célebre Alfredo Di Stéfano). Ese mismo día, Ronaldo firmó el contrato que lo vincula al Real por algo más de un real, y por espacio de seis años: 9 millones de euros netos por temporada.
Con el respaldo de esas cifras, que le daba cierta seguridad para seguir tirando, salió a buscar casa. Nada del otro mundo. Confortable, sí, pero no lujosa. Finalmente, se decidió por una ubicada en la zona de "La Finca", en las afueras de la capital. Elegida entre más de cien visitadas, la recorrió con calma antes de cerrar el negocio. Midió cada uno de los mil metros cuadrados: se fijó que no hubiera goteras en algunas de las 35 habitaciones, y lo cautivó el agua transparente de las piscinas; observó las canchas de tenis y el frontón de pelota vasca... y, sin mayores objeciones, resolvió comprarla en diez millones de euros.
Indudablemente, en este mundo al revés -que demuestra día a día la mesura con que Discepolín escribió la letra de "Cambalache"- los que viven mejor son los que andan a las patadas.
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