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Como dijo hace años un colega muy sagaz que además tenía sentido del humor, "los uruguayos hacemos de todo, pero todo a medias". Un ejemplo de esa observación lo dieron las autoridades municipales de Montevideo cuando anunciaron en la década del noventa que se proponían corregir el adefesio de las marquesinas que estropean la fachada de numerosos edificios de la ciudad sobre unas cuantas avenidas (principalmente 18 de Julio y 8 de Octubre). Según lo que se divulgó en aquel momento, los jerarcas comunales proyectaban una norma que obligaría a retirar esos aleros publicitarios donde en general se anuncia el nombre de los comercios. La exageración y el mal gusto de las marquesinas ha llevado al apretujamiento que puede verse en el centro montevideano, donde esos volúmenes compiten entre sí hasta neutralizarse, en el empeño cada vez mayor de avanzar sobre las veredas y prolongar sus volúmenes cada día más lejos de la línea de edificación.
Si un observador dotado de buena memoria comparara ese paisaje céntrico con el que esta ciudad ofrecía -digamos- hace medio siglo, llegaría a la conclusión bastante desconsoladora de que la armonía y hasta la vieja elegancia de esa zona montevideana se han perdido en beneficio de la prepotencia propagandística de las marquesinas y de la prescindencia municipal en la materia, porque a pesar de aquel anuncio formulado en la década pasada, esa Intendencia no ha adoptado medidas para restituir el mejor perfil de las avenidas, donde la invasora presencia de las marquesinas atenta contra los edificios de interés patrimonial y contra sus hermosuras de línea, que siguen medio sepultados por los grandes aleros. Claro que en el cuadro de las indulgencias comunales del Montevideo de estos últimos tiempos, se incurre en pecados algo más graves.
En todo caso, la aspiración de reglamentar las marquesinas forma parte de algunas obligaciones municipales nunca cumplidas, desde la necesidad de suprimir el canallesco permiso para la circulación de carros hurgadores, hasta la urgencia de controlar el sempiterno estacionamiento en doble fila de camiones de reparto a cualquier hora, pasando por el olvido de supervisar la anarquía con que transitan victoriosamente los birrodados, sin que aparezcan inspectores capaces de amonestarlos. Algunos montevideanos exigentes argumentarán que esos problemas son menos graves que otros ya irreparables, como el "retiro" en la línea de las fachadas de muchas calles, que ha logrado arruinar para siempre el semblante de esas vías de tránsito (como Agraciada, Maldonado o Constituyente) donde la vieja edificación tenía su dignidad y su equilibrio, mientras la nueva es de una precariedad, un diseño mediocre y un divorcio con el entorno que merecerían un verdadero debate a nivel de centros de formación arquitectónica.
Todo lo señalado resulta oportuno porque en Buenos Aires acaban de aprobar una norma municipal que reglamenta las marquesinas y que fue resuelta por unanimidad en el recinto legislativo de esa capital federal. Ello ha ocurrido luego de más de un año de diferencias de opinión al respecto, en medio de las cuales hasta el jefe de gobierno porteño llegó a vetar una anterior resolución en la materia. De acuerdo al flamante texto, las marquesinas estarán prohibidas en calles como Florida y en largos tramos de avenidas como Santa Fe y Callao, con lo cual las que ya existen en dichas áreas deberán ser retiradas. En el resto de la ciudad habrá zonas donde variará el volumen, la altura y la "saliente" de las marquesinas, demostrando que en la orilla opuesta del río se toman en serio ciertos desafíos que presentan las ciudades de hoy.
El caso es importante, porque se vincula con la contaminación visual, un problema del que se habla poco. Se habla bastante más de la contaminación atmosférica, derivada de las emanaciones del dióxido de carbono, y también de la contaminación auditiva provocada por ruidos múltiples y ciertos niveles de estruendo que afectan dramáticamente a la vida urbana. La contaminación visual, en cambio, parecería ser una sutileza que no merece la atención pública ni la inquietud privada. Es sin embargo una verdadera provocación, y hasta podría agregarse que es una amenaza, frente a la cual las autoridades deberían plantear soluciones, aunque no siempre lo hagan. Eso es debido a que los uruguayos, como decía el colega, hacemos de todo pero todo a medias.
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