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Miércoles 12.08.2009, 08:49 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

Gráficas de la violencia

Todo dato vinculado con la delincuencia es perturbador, pero algunos de ellos resultan estremecedores no sólo por el episodio concreto al que remiten, sino por las tendencias que reflejan, la evolución que denotan y la realidad futura que anuncian. Porque se trata de un fenómeno de arrollador dinamismo, cuyo ritmo convierte en un hecho habitual lo que hasta ayer parecía imprevisible, como la actividad delictiva de niños de 11 o 12 años. A veces las cifras que se barajan no bastan para configurar la gravedad del cuadro que ofrece el delito en la sociedad que lo soporta, ya que -por ejemplo- en el primer semestre del año 2009 se registró un descenso del 5% en la suma de los hechos delictivos cometidos en el país, con respecto a igual período del año anterior, según estimaciones del Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad. Pero, sin embargo, en esos seis meses en el Uruguay se produjeron 87.697 hechos ilícitos, lo cual supone un promedio de 486 por día. Se trató mayormente de hurtos y rapiñas, 45.085 de los cuales se cometieron en Montevideo, es decir 248 cada veinticuatro horas. Uno se pregunta hasta dónde corresponde celebrar aquel descenso del 5% y hasta dónde esos leves altibajos son capaces de contrarrestar un asedio tan alarmante y de curso tan acelerado.

Algunas informaciones divulgadas al respecto en los primeros días del mes en curso, permiten tener una idea sobre el grado de violencia y el margen de riesgo que la delincuencia exhibe por el momento. Lo que en el pasado cercano resultaba de gravedad menor, se ha convertido en una amenaza de vida o muerte, como puede saberlo una población cada día más amenazada, menos segura y más expuesta al peligro no sólo en la calle sino también en el ámbito doméstico. Según una nota de la crónica policial publicada en la prensa el jueves 6, "el ataque de las patotas está en consonancia con el constante incremento de la brutalidad que muestran los grupos delictivos". Y en ese sentido, el texto agrega que "en los últimos tres días, dos víctimas de asaltos sufrieron graves lesiones al ser golpeadas por grupos de 5 o 7 personas". Uno de los ataques se produjo en Yaro y Durazno, otro en Juan Jackson y Lauro Muller. Ya no se trata de zonas marginales o periféricas, sino de sitios del centro de la ciudad, donde en pleno día las víctimas son "pateadas y arrastradas" hasta que los agresores consiguen apropiarse de sus efectos personales. El cuadro montevideano al respecto comienza a parecerse al paisaje sobrecogedor que ofrecen en materia de violencia criminal otras ciudades latinoamericanas.

Pero esos rasgos son apenas una parte del panorama de ascendente gravedad, cuando se consideran los picos de violencia que hasta hace algún tiempo eran desconocidos en Montevideo y que hoy son en cambio habituales no sólo en las zonas rojas de la ciudad, sino en barrios residenciales y hasta hace poco tranquilos. Otra parte del panorama es la inusitada frecuencia con que puede ser asaltado un lugar determinado, como ha ocurrido en la escuela pública 66 de Piedras Blancas, sobre la cual se informaba en los diarios el 29 de julio, señalando que "fue robada seis veces en los últimos veinte días". La sexta de esas oportunidades se produjo el lunes 27, cuando los delincuentes ingresaron al local, donde "además de hurtar destrozaron la biblioteca y los materiales de trabajo". Ese es un buen índice para medir el nivel de conciencia (social y cultural) de los culpables.

Una papelería, en cambio, fue robada dos veces en 24 horas. Eso sucedió en los últimos días de julio y afectó a un local de Marcelino Sosa y Bulevar Artigas que se había inaugurado apenas un mes antes. Los dueños del negocio, en medio del desaliento que resulta fácil imaginar, indicaron que los autores de esos robos "son una pareja, y la policía sabe de quiénes se trata, viven acá a la vuelta. En el barrio hay muchos problemas con la pasta base y por eso salen a robar lo que sea". En todo caso, lo que surge de esos sorprendentes episodios, de la frecuencia casi grotesca de tales asaltos y del desvalimiento en que va cayendo la población de esta capital, es una situación por lo menos aterradora sobre la cual las autoridades parecen asustarse bastante menos que los desamparados ciudadanos. Así estamos, sin olvidar que los índices de intrepidez de la delincuencia progresan en relación directa a los niveles de desintegración familiar y al número de jóvenes en situación de calle. Aunque a menudo la gente trabajadora y honesta no lo note, esta sociedad está en medio de esa vorágine y sufre sus horribles consecuencias.

El País Digital

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