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REBAR
Si se reunieran en un volumen las frases más famosas registradas en el siglo XX, seguramente figuraría entre las cinco o diez primeras aquella que todo el mundo escuchó el 20 de julio de 1969: "Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad".
La voz de Neil Armstrong partió del espacio hacia la historia, y allí quedó, enmarcada en el recuerdo perenne.
El astronauta siempre se refirió a esas breves y eternas palabras, manifestando que se le ocurrieron "entre el alunizaje y la salida a la superficie del satélite". Nadie dudó de lo que expresaba reiteradamente el primer hombre que puso sus pies en la Luna (el izquierdo primero, por más datos). A lo sumo, algún chistoso habrá elogiado la inspiración y capacidad de improvisación en tan tremendo instante, diciendo que Neil tenía vuelo poético. Más aún: sembrada la sospecha de que ese epidodio que agotó el asombro en cada uno que lo vio por TV, pudo ser un truco al mejor estilo de Hollywood, jamás se dijo que Armstrong no fuera el autor de la célebre frase.
Sin embargo, un personaje reactualizado a raíz de la conmemoración del 40° aniversario de la más grande conquista de la ciencia espacial, ha venido a poner un dedo en el ventilador con una revelación absolutamente inesperada. Gary Peach -que tiene ahora 73 años- no es un ingeniero cualquiera: reside en Berkshire (Inglaterra) y como está jubilado tiene tiempo para ordenar y relatar sus "momentos estelares". Entre ellos, existe una etapa memorable transcurrida en Australia mientras se preparaba, en una estación terrestre de la NASA, la misión del Apollo 11 con destino a la Luna. A ese hombre le preocupaba qué podría decir el tripulante elegido para pisar el suelo lunar -el primero en la historia del mundo- al inmortalizar ese acto.
De pronto, la imponencia de ese minuto le impulsaba a expresar, presa de la conmoción emotiva, algo insustancial, fuera del tono que exigía y merecía la trascendencia del episodio: Peach le transmitió esa inquietud a su jefe, y al preguntarle éste qué consideraba adecuado le respondió que podría ser algo así: y le lanzó la frasecita de marras.
El jefe aprobó de inmediato la sugerencia, y ya se sabe qué pasó. Si las cosas fueran como narra el Ing. Peach, cuarenta años después Neil Armstrong quedaría descubierto como un plagiario de alto vuelo. Estoy olfateando que se viene un pleito por derechos de autor.
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