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Francisco Faig
Un destino nacional que entusiasme: ser excelentes. En la producción de carne, en la venta de software, en la educación secundaria, en la salud pública, en la arquitectura institucional, en todo lo que emprendamos. Aprender de buenas experiencias de otros países de vanguardia, pensar inteligentemente soluciones nacionales, y mejorar nuestros productos y servicios.
Entender esta definición como un designio identitario, como un rasgo distintivo que explique y justifique el plebiscito cotidiano de querer estar juntos, que dé sentido de futuro a la Nación. Que nos afirme en nuestra entidad distinta y singular, abrumados como estamos de morar en nuestro real maravilloso vecindario latinoamericano.
Intentar ser excelentes sin temer a la competencia. Esmerándose para innovar y ganar en mercados y en crecimiento; sin temor a los cambios tecnológicos, productivos, sociales, económicos y comerciales. Aceptando que han sido relevantes en los últimos veinte años, y que serán recurrentes en los lustros que vendrán. Y que hay allí oportunidades para tomar más que realidades de las que lamentarse.
Ese espíritu nacional necesita de un sentido de exigencia ciudadano. Exigencia que no es queja. Es actitud de alerta y reclamo ante tanta cotidianeidad que nos hunde. En lo político, es premiar al que propone con coherencia, mira a futuro y marca un rumbo claro. En lo cultural, es premiar a quien se esfuerza por interpretar el mundo sin repetir consignas conocidas y tranquilizadoras, aunque polisémicas (socialismo- neoliberalismo, izquierda- derecha, etc.). En la urbanidad, reconociendo el valor de la cortesía que se ha perdido en los meandros de la extendida vulgaridad. En lo colectivo, procurando convencer con argumentos sin apelar al menoscabo del Otro.
Es marcar la diferencia entre un servicio o producto que satisface, y uno que respira desgano: en la atención en las oficinas públicas o en los comercios; en la calidad de los bienes que consumimos; en los servicios que contratamos, etc. Es no dejarse ganar por el relativismo de que todo es igual y nada es mejor.
No faltan actitudes ni instrumentos que promuevan esa exigencia. En lo institucional, a través de los servicios de defensa del consumidor, defensor del vecino, Parlamento y Juntas Departamentales, medios de comunicación, autoridades públicas, etc. Instancias que debemos utilizar más y mejor teniendo una actitud ciudadana responsable que reclame por mayor eficacia.
En lo cotidiano, oponiéndose a esa solidaridad mal entendida, tan uruguaya, que se compadece de lo mediocre, y que permite el encubrimiento de la actitud displicente y desganada por aquello de que "hoy por ti y mañana por mí".
La cultura de la exigencia, precisa terminar con la asfixiante montaña de yerba de la extendida desidia nacional.
Buscar asumir la dificultad del entendimiento de los asuntos públicos en tiempos de globalización. Abandonar, la pereza intelectual que evita la complejidad de la reflexión. Enfrentar la cultura del "garroneo", de la satisfacción por la ventajita, tan extendida como aceptada en nuestro país.
No es un programa de gobierno. Pero no habrá realización nacional sino apostamos a un horizonte de excelencia y sino multiplicamos nuestra exigencia ciudadana. El futuro empieza hoy.
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