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IGNACIO DE POSADAS
Es el consejo que Don Quijote da a Sancho para el mejor gobierno de su ínsula Barataria y rara vez ha resultado más apropiado que en los tiempos que corren, aunque no por los motivos que el hidalgo tenía presente cuando escribió a su escudero.
Esta otra ínsula, en la que nos ha tocado vivir, hace años ya que está inmersa en una cultura profundamente conservadora, entendida la tipificación no en términos de derecha vs. izquierda, sino en el sentido propio del término: una cultura que no quiere perder ciertas cosas (aunque de hecho ya no las tenga más, pero conserva la ilusión). Todos los uruguayos hablamos (todo el tiempo) de "cambio" y no hay discurso electoral que pierda la bolada de mencionar la necesidad de cambiar. Pero, en realidad, no queremos cambiar o, mejor dicho, sí queremos que haya cambios, sólo que son otros los que deben hacerlos o sufrirlos. Mi caso es especial. Yo quiero mejorar, que no es igual a cambiar.
El Uruguay ha vuelto a cerrarse. No tanto (algo sí) del punto de vista comercial. Está cerrado, de espaldas a la realidad, casi aislado culturalmente. No mira, y si mira no ve, qué sucede en el mundo.
Cree (¿quiere creer?) que puede seguir viviendo de una manera, con ciertas características, si no ajenas, ciertamente alejadas de la realidad. No tiene conciencia que Maracaná fue una excepción (ya en su momento), que la Tacita de Plata, la Suiza de América y otras figuras por el estilo hace décadas que no existen más y que el progreso no está en la búsqueda por recrear unos `50 míticos (época en la que, además, la progresiva decadencia del país ya operaba).
¿Algo más concreto?
-En el mundo actual no es posible vivir dentro de los circuitos económicos formales, ni alcanzar un nivel razonable de vida con sistemas educativos como los de nuestra enseñanza pública.
-En el mundo actual no es posible mantener niveles de competitividad adecuados, más allá de coyunturas excepcionales (y temporarias) con los niveles de productividad que tienen grandes sectores de actividad en nuestro país. Y no es posible elevar esa productividad en una economía que debe bancar un aparato estatal costosísimo, ineficiente y prolífico en producir reglamentaciones inspiradas en la más profunda desconfianza con que debe tratarse al ser humano y en el cuidado de la propia espalda como meta suprema en el ejercicio de la función pública.
-En el mundo actual no es posible disfrutar de los beneficios y certezas, a los que nos consideramos con derecho, sin esfuerzo, sin sacrificio (ahorro) y sin riesgo. No percibir que hay una realidad, distinta a nuestra concepción del deber ser de las cosas y, peor aun, que lleva más fuerza que esa concepción es, (ha sido y será si no cambiamos) la clave del estancamiento de nuestra sociedad y la catapulta que expulsa del país a quienes se resisten a someterse a esta ceguera.
Pero nada de esto puede proclamarse en los tiempos que corren, sin riesgo de perder la elección o de no poder gobernar si lo primero no sucede.
Porque ocurre que ese conservadurismo tiene hoy fuertes paladines. Que existían ya de antes pero nunca tan poderosos como al presente: las corporaciones.
Pensar en repetir el año próximo lo que fue la convicción (y la mística) del 90, encarando un amplísimo abanico de temas, al son de un Presidente que, agenda en mano, presionaba el accionar constantemente, sería hoy casi suicida. Provocaría un abroquelamiento inmediato de las fuerzas conservadoras (autodenominadas "progresistas").
Pocas pragmáticas.
Habrá que elegir las batallas:
Seguridad: restablecimiento del principio de autoridad; respeto por las normas y aplicación estricta de las mismas; recursos, respaldo a los funcionarios involucrados, dignificación del cargo y de la función.
Educación: retorno a los controles y las responsabilidades propias de la democracia. No más baronías feudales.
Real descentralización: dar a los Directores las facultades y responsabilidades que corresponden.
Transparencia: para saber qué funciona y qué no.
Excelencia: como meta y medida de educandos y educadores.
Energía: evitar los riesgos recurrentes de colapsos; convertir al país en un centro de generación de energías alternativas.
Abrir: Abrir todo: la economía, el comercio, la investigación la política exterior... y las cabezas.
Si el próximo gobierno consigue aplicar estas pocas pragmáticas habrá comenzado la mayor transformación del Uruguay de los últimos (y no tan últimos) tiempos.
¡Que tanta falta nos hace!
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