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No hay duda que la familia es la base de la sociedad. Políticas familiares para incentivarlos a fundar familias.
Ana Maria Abel
Tengo una amiga viuda desde hace 10 años. Vive con su único hijo, excelente profesional, simpático, buena pinta y buen hijo. Ronda los 30 y largos. Mi amiga le anima a concretar un proyecto de matrimonio y familia con su novia: teme que posterguen esa decisión por no dejarla sola.
-Mamá, es que veo la vida de mis amigos casados y la verdad, no dan ganas de formalizar un matrimonio.
¿Qué factores hacen menos atractivo el matrimonio ahora, que hace unos años? Aprendo mucho de las conversaciones con jóvenes que se preparan para contraerlo. Algunos, como el hijo de mi amiga, constatan que algún amigo ya casado, por mil causas y también por un mal entendido concepto de libertad, se siente atado por el matrimonio y cree haber perdido una porción importante de su libertad. Es bien cierto que el pacto conyugal cambia la vida: toda elección cierra unas puertas, pero abre otras.
Otros jóvenes han vivido su infancia y adolescencia en hogares rotos por la separación de los padres, arrastran carencias afectivas e inseguridades y por eso, cuando piensan en un proyecto de familia se sienten más atraídos por algo que les asegure una relación afectiva duradera, un matrimonio sólido, que por vivir en pareja sin seguridades jurídicas. A unos y a otros les preocupa la inseguridad económica.
Por encima de los argumentos de los jóvenes, se constata en nuestro país la debilidad, y en ocasiones, la carencia de verdaderas políticas familiares -además de las políticas sociales ya existentes- que faciliten a los jóvenes la fundación de una familia. En países con legislaciones de avanzada se señalan diferencias entre ambas políticas. Se llama políticas sociales a aquellas dirigidas a familias en situación de riesgo o con problemas y se reserva la designación de políticas familiares a las que tienen por objetivo promover el buen funcionamiento de todas las familias de una nación.
Una política familiar integral implica la coordinación de varios organismos estatales, la integración de sus estrategias: medidas laborales, de salud, políticas económicas, educativas y de vivienda, por citar sólo las más importantes. La integralidad es real cuando se tienen en cuenta también a las organizaciones de la sociedad civil que trabajan a favor de la familia.
Nuestros jóvenes tendrán más ganas de casarse cuando logremos crear e implementar políticas familiares cuyo bien jurídico protegido sea la institución familiar, que incorporen el bienestar familiar como criterio y abarquen a todas las familias desde la óptica de una prevención positiva. Entonces, se formalizarán más familias sólidas que eduquen desde la infancia en la honradez, el compromiso con la palabra dada o el espíritu de superación. Valores todos ellos que fortalecen la salud social de un país democrático.
flia@iuf.edu.uy
Un niño debe comer lo mismo que el resto de la familia en menores proporciones. Ante dificultades, podemos ofrecerle otros alimentos sin ceder a sus caprichos. Si los hábitos de alimentación incluyen poca variedad, es incoherente para el niño entender que debe comer de todo.
El lugar de un bebé es su cuna que, de ser posible, debe estar ubicada en su propio cuarto. Pero nunca debe ser la cama de los padres. Para ser buenos padres es primordial no confundir los roles, y poder preservar la vida de la pareja.
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