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SEBASTIÁN DA SILVA
El 26 de septiembre de 1960 dio comienzo a un instrumento formidable para la salud de las democracias. La irrupción de la televisión y la necesidad de contraponer las ideas, permitieron que Kennedy y Nixon inauguraran una nueva etapa en las campañas electorales. A partir de ese momento las sociedades democráticas no conciben que un aspirante al sillón presidencial no se anime a debatir públicamente frente a la mirada de toda la población con su principal contendor.
Algo muy diferente acontece en nuestro país en los últimos 15 años ya que desde la campaña de 1994 los debates televisivos no existen por la miniatura mental e intelectual de quien tiene temor a su eventual desempeño y prefiere hacer discursos frente a un auditorio amanuense.
Para esta campaña el Dr. Lacalle, principal contendor al gobierno ya manifestó su voluntad para debatir, encontrando poco eco en el oficialismo que tiene pavor de un enfrentamiento mediático de estas características, que deje más que claro, la preparación, el conocimiento, la experiencia y las trayectorias de quienes quieren ejercer la primera magistratura.
Tienen miedo de la apariencia, mientras el candidato blanco concurrirá con vestimenta acorde a un Presidente, Mujica hará un análisis surrealista para ver si va de campera, de guayabera, o de camisa Mao.
No quiere debatir sobre antecedentes. Uno presentará una foja de servicio democrático construida en 50 años, y el otro entrará en un arco iris de justificaciones por no haber fundado el Frente Amplio, por haber sido guerrillero, o por haberse dicho a sí mismo que no tenía condiciones para ser Presidente de la República.
La capacidad como gobernante es uno de los ítems que más incide en el desarrollo de un debate en primerísima persona. Mientras Lacalle le muestre toneladas de gráficas y datos sobre lo que fue su gestión al frente del Poder Ejecutivo, Mujica no tendrá cómo justificar que su sello frente del Ministerio de Ganadería-con mayorías absolutas y en el momento de mayor dinamismo agro exportador- han sido el denominar con su apodo un kilo de falda, o proponer que se construyan innovadoras sembradoras tiradas con bueyes de última generación.
Asimismo quedará claro el conocimiento del mundo y del manejo del Estado que es imprescindible para presidir el Uruguay sin voluntarismos. Mujica tiene pánico que la gente descubra lo poco que conoce del aparato estatal, máxime frente a quien puede dar instrucciones con cabalidad y conocimiento, desde el farero de la Isla de Flores al Embajador en la ONU, y por supuesto que sin proponer exonerar un IVA inexistente a las lentejas.
Pero lo que más aterra al comando Frentista en épocas de TVR y Bendita TV, es que el archivo destruya la coherencia de su candidato presidencial. Pocas veces en la historia política del Uruguay se ha visto, semejantes contradicciones en tan poco tiempo, en un protagonista de la talla de José Mujica. Son ríos de tinta y horas de televisión de enredos y ambigüedades que desnudan el talón de Aquiles de cualquier presidenciable a lo largo y ancho del planeta tierra, que no es otro que la falta de previsibilidad, que dé confianza y certezas a una población con padecimientos cotidianos.
Por esto y mucho más, es que Mujica se esconde.
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