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LEONARDO GUZMÁN
Qué puede inspirar a la ciudadanía el convenio publicitario-fotográfico de un candidato con uno de los sastres que desde siempre se esmeran por equilibrar los botones, rellenar el hombro caído y disimular la giba?
Nada.
¿Agrega algo que el postulante haya tardado 75 años en probarse el primer terno?
No.
¿El pespunte y la entretela le suman cultura o le mondan el lenguaje al cliente?
Tampoco.
Nada de eso marca conductas. Por tanto, no es tema.
Parece mentira que tamañas fruslerías se instalen en la comidilla preelectoral.
Pero ocurre. Es que luce más concreto, tangible y redituable un frívolo tema de vestuario que las delicadas cuestiones de principios que debe enfrentar el Uruguay de hoy.
Y lucirá acaso, pero no lo es.
A fuerza de postergar lo importante, a muchos los principios les parecen pretextos de un menú a la carta para justificar cualquier cosa.
Los toman livianamente, como palabras que suenan lindo pero son "versos". O a lo sumo, los tienen como generalizaciones teóricas sin "nada que ver" con la práctica.
¡Error garrafal, que enferma a la vez a la persona, al Derecho y a la vida toda!
Los enferma, sí, en el sentido original de la palabra -que viene de "infirmus", débil, falto de firmeza.
La desvalorización de los principios le quita a la persona la inspiración y le priva hasta los mínimos que Nietzsche redujo a "un sí, un no, una línea recta y una meta".
Deja al Derecho sin puntos de partida, sin valores claros y hasta sin lógica, con lo cual lo jurídico, en vez de erguirse como luz, se hunde en perplejidades para gobernados y gobernantes.
Y un pueblo que se deja ir por ese tobogán y se queda con un Derecho que deja de moldear la realidad, por perder el vigor -palabra que por algo es gemela de vigencia…
Lo enseñó Vaz Ferreira y sigue siendo verdad: los principios son experiencia a cuenta; un hombre práctico sabe prender una lámpara, mientras un teórico enseña a usar la electricidad a un país.
Principios aplica el ama de casa, el siete-oficios y el director de empresa. Principios recoge el refranero, decantando sabiduría popular.
Principios afirman los adagios de las ciencias aplicadas, tales como "prima non nocere" -lo primero es no dañar, no ser nocivo- que se acuñó hace más de veinte siglos para los médicos frente a sus pacientes.
Pero que merece vitalizarse hoy en la relación de todos con todos, precisamente para salvar a la vez personas y principios.
A finales del siglo XX, la catarata de información mundial hizo creer que había muerto el tiempo de sentar principios, reclamar reglas y establecer conclusiones generales.
Pues bien. Todas las experiencias hechas y todas las cuentas sacadas, los principios demuestran más que nunca su necesidad.
Es cierto que parecen abstractos, porque su ubicación en el razonamiento moral y jurídico se parece mucho a la que los axiomas y los postulados ocupan en el pensamiento matemático.
Pero en el lenguaje sin nombre ni rostro del Derecho como ciencia y como arte, se juega a cada minuto el destino de personas de carne y hueso.
Cuando la ETA hiere y mata como volvió a hacerlo anteayer y ayer, lo segado son vidas irremplazables.
¡Y lo violado vuelven a ser los principios!
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