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Miércoles 29.07.2009, 14:54 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial

Mujica, el neocelandés

ANTONIO MERCADER

Aunque Nueva Zelanda fue descubierta en el año 950 por un navegante polinesio que la denominó Aotearoa ("Tierra larga"), el gobierno del Frente Amplio termina de percatarse de su existencia. Mientras aquel marino polinesio era un tal Kupe, nuestro pionero fue José Mujica quien siendo ministro de Ganadería regresó de los mares del Sur extasiado con su hallazgo.

Hay un país exitoso con un clima, una producción y una población similar a la uruguaya que puede servirnos de modelo, relató el ministro ante maravillados auditorios.

Inspirados por Mujica, otros exploradores viajaron hacia allá en busca de El Dorado y tal parece que lo encontraron pues ahora cuentan prodigios del país de Oceanía. Es el caso de los funcionarios del ministerio de Economía y de Planeamiento que fueron a estudiar la ejemplar reforma del Estado ejecutada allí desde hace dos décadas. Contaron que el secreto es simple y conocido: aplicarle al Estado los principios de gestión del sector privado. En ese intento -difícil para Sagitario- estaría hoy el gobierno del Frente Amplio cuando ya entra en los descuentos.

Pero el tema central de esta columna no es la reforma del Estado tan cacareada -aunque no concretada- por el gobierno, sino resaltar el inaudito retraso con que la izquierda uruguaya se topó con la realidad de Nueva Zelanda. Porque el país de Kupe era un referente por acá desde fines de los años cincuenta cuando los líderes rurales y ciertos políticos -Wilson Ferreira Aldunate, entre ellos- lo indicaban como poseedor de un dechado de virtudes a imitar. Se contrataron expertos neocelandeses y se siguieron al detalle sus consejos, mientras figuras de la "Tierra larga" como el Dr. P. C. McMeekan marcaban rumbos y reclutaban discípulos en el agro uruguayo.

En tanto esa fiebre neocelandesa se abría ante los productores como un surco de esperanza, otros conspiraban en la sombra, ajenos a cualquier modelo que no fuera la Cuba castrista o si acaso la China de Mao. Mujica y los suyos, precisamente, se dedicaban a elaborar una ominosa lista de 600 latifundistas a aniquilar, y alentaban marchas cañeras por la tierra y reformas agrarias a punta de pistola. Si por entonces alguien les hubiera mentado a Nueva Zelanda, una monarquía parlamentaria, liberal y capitalista monda y lironda como es, su primer ademán habría sido echar mano a la cartuchera.

Peor aun. Uno de los precursores de aquella ebullición de nuestro mundo rural, Carlos Frick Davies, quien escribió en 1960 un libro señero titulado "El ejemplo de Nueva Zelanda", terminó secuestrado, golpeado y mantenido cautivo en condiciones infrahumanas por los tupamaros de Mujica durante más de un año. Obviamente, ninguno de sus captores le prestó atención al estudio anticipatorio que su maltratado prisionero había hecho del país que hoy, con apenas un barniz de cultura de gobierno, los ex tupamaros pintan como el espejo para el Uruguay del futuro.

El tiempo, ese gentilhombre, finalmente les dio la razón a quienes la izquierda acosaba por entonces. Ahora, cuando Mujica, el nuevo neocelandés, se llena la boca diciendo que la renta per capita de aquel país es de 27.000 dólares (cuatro veces mayor que la nuestra), que tiene diez universidades y que en esas islas supieron aprovechar condiciones naturales parecidas a las de Uruguay, uno siente que aquellos adelantados de hace medio siglo no araron en el desierto.

Sin darse cuenta, sus enemigos de antaño los reivindican ahora. Eso es justicia poética, pero justicia al fin.

El País Digital

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