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Y se va la segunda, como en las zambas. Ya vamos a ver más adelante que contrariamente a lo que, en un arranque de impulso corporativo, las poco significativas coincidencias entre las encuestadoras en las primarias dieron lugar a manifestaciones de satisfacción y recíprocas solidaridades, aunque en realidad los errores de medición definitivos fueron gruesos. Pero previamente adelantémonos a decir que las firmas encuestadoras son entidades que cuentan todas ellas con reconocidos profesionales. A pesar de ello se pueden equivocar y de hecho se equivocan, como sucede con cualquier emprendimiento humano. Eso no quiere decir que se actúe de mala fe, aunque también es verdad que en el campo de la investigación política y concretamente en el de las intenciones de voto, quienes sienten que los errores aparecen sesgados, más en beneficio de algunos que de otros, no lo hacen caprichosamente. Aun profesionales de alto crédito, quienes trabajan en las encuestadoras, tienen también y lógicamente su corazoncito. A veces éste late al compás de adhesiones a la causa, del amor a la camiseta. Otras, tratándose como se trata de empresas que actúan en el comercio de los hombres con ánimo de lucro, cuando son contratadas por algún partido o candidato, retribuyen la distinción no distorsionando sus opiniones y conclusiones -porque ello les juega en contra en la medida que afecte su prestigio- pero sí haciendo algún retoque a los resultados que sin parecer trascendente, puede dejar contentos a quienes confiaron en ellas. Es el acontecer natural de la vida.
Pero lo cierto es que el papel de las encuestadoras no es el de gravitar en las elecciones, sino reflejar objetivamente la realidad en el momento en que son relevadas, sin ejercer influencias para un lado u otro. Sin embargo, hay un mundo del deber ser, y otro del ser. Se ha dicho que las encuestas pueden influir en los resultados electorales de tres maneras no deseables, Una, generando tendencias en la opinión pública a favor o en contra de determinados partidos o candidatos. Otra, generando entre los militantes entusiasmo o desánimo, lo cual es decisivo en situaciones de paridad, en que así influidos, los liderazgos pierden "dirigentes exclusivos" que comienzan a abrir listas con sus rivales "por las dudas" y con las consecuencias obvias. Finalmente, otra manera de influir es generando riqueza o pobreza financiera en los candidatos más favorecidos o más castigados. Son éstas, tres situaciones que las encuestadoras serias deben evitar.
Recientemente, una empresa resolvió no participar en la publicación de investigaciones de las recientes primarias, invocando motivos éticos. Tomó como punto de referencia las elecciones del 2004 en las que en agosto, algunas de sus colegas colocaban al Frente en el orden o por encima del 50 %, cuando en realidad no podía superar el 49% pues de otra manera no se entendería cómo, con el aporte de 40.000 votantes del exterior, apenas superó el 50% por 9.000 votos. En aquel entonces, todas las encuestas menos una, tuvieron altos porcentajes de error sobre las intenciones de voto asignadas a la izquierda, teniendo en cuenta que el guarismo por el cual superó lo necesario para ir a la segunda vuelta fue de apenas un 0.4%.
Y en estas elecciones primarias, todos los encuestadores que dijeron haber acertado en lo fundamental se equivocaron en dos estimaciones importantes. Primero, en que la concurrencia de votantes fue sensiblemente más baja -por lo menos diez puntos- de la estimada en general, y en segundo término, en que nadie dio a la primaria nacionalista como superior a la del Frente Amplio en todos los departamentos del país, menos Montevideo, en donde además, la diferencia entre votantes del Frente y del Partido Nacional se achicó. Es cierto, cuando el voto no es obligatorio los márgenes de error son mayores, pero nunca al extremo que los errores hayan multiplicado en algunos casos por cinco, esos márgenes. En cuanto a otros factores e incidentes, como el del día gélido, tendría que haber influido más en contra del Partido Nacional que tiene su fuerza más sólida en poblaciones rurales lejanas, y terminó resultando exactamente lo contrario.
Entonces se justifica pedir que en lo que va de aquí a octubre, las encuestas pongan el mayor esmero para que su tarea se limite a lo que la opinión pública les pide, que no es otra cosa que trabajos que generen una sólida confianza en su información, por la delicadeza de sus efectos.
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