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HERNÁN SORHUET GELÓS
Para los países de la región es muy importante saber en qué escenarios desarrollarán la producción, promoverán la salud, generarán energía, conservarán la diversidad biológica, gestionarán el agua y enfrentarán las migraciones de personas. En la previsión se basará conseguir los mayores éxitos. Lo cual conlleva a tomar muy en serio las medidas de adaptación al cambio climático.
América del Sur es una región clave del planeta. Sus enormes reservas de agua, biodiversidad, fertilidad de los suelos son algunas de las razones que le auguran un papel protagónico mundial de primer nivel en el futuro cercano.
Sin embargo, el cambio climático constituye una enorme amenaza, en buena medida impredecible. Lo cual obliga a poner en ello toda la atención.
La tendencia es al aumento en cantidad e intensidad de los eventos climáticos. Los expertos predicen que habrá una gran variabilidad en elementos clave, como la temperatura, las precipitaciones y las concentraciones de dióxido de carbono (CO2) en el aire. Significa que en algunas zonas de la región lloverá más, en otras menos; lo mismo ocurrirá con la temperatura. Por su parte, el aumento del CO2, además de incrementar el calentamiento global, también estimulará la producción vegetal.
Ante este panorama debemos prepararnos lo mejor posible, para minimizar los impactos negativos y potenciar las posibilidades que ofrezcan los nuevos escenarios.
En nuestra región de praderas templadas, según el informe de Met Office Hadley Centre sobre el cambio climático en Sudamérica, la productividad de los pastizales (pasturas) podría incrementarse en hasta 9% para 2020, debido a las variaciones de temperatura y precipitaciones. Sin embargo, el ganado podría ser afectado por el incremento de las temperaturas y el estrés hídrico, registrando menor peso, reducción en la producción lechera, y aumento de algunas enfermedades que lo afectan.
Al tratarse de un cambio en el clima, es obvio que, de una forma u otra, afectará a todos los sectores y rubros.
La mayor preocupación está en la Amazonia, pues ejerce una enorme influencia en el subcontinente, y también en todo el planeta. Si efectivamente aumenta la temperatura media en la cuenca amazónica, es probable que disminuyan las precipitaciones. Si ocurre, se alterará el régimen hídrico, especialmente el de la región. Más calor y menos agua reducirán la selva, aumentarán la erosión del suelo (desertificación y salinización), empobrecerán el patrimonio biológico y afectarán de manera significativa el reciclaje de las precipitaciones (agua - suelo - vegetación - aire). Estas consecuencias se sentirán directamente en toda la región desde los Andes hacia el este.
En materia agrícola habrá cambios importantes por regiones, según fluctúen el calor y las lluvias. Con más temperatura y menos agua, disminuirá la producción de arroz, trigo, café y maíz, aumentará la soja. En salud, ya se perciben las primeras señales de ampliación de las áreas con malaria y dengue.
Si nuestros países no toman muy en serio la nueva realidad, los costos y perjuicios serán enormes.
Hay que actuar con inteligencia y decisión, diseñando una estrategia nacional sin exclusiones, propia de época de crisis, pero con la novedosa particularidad que involucra a todo el planeta.
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