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Miércoles 15.07.2009, 14:53 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

No vuelvan a decirlo

No vuelvan a decir que hay un gobierno del cambio, porque cambio significa renovación de los viejos hábitos y en este período de gobierno se ha vivido sin embargo la reiteración de antiguas costumbres del sindicalismo y viejas recetas de una ideología novecentista, mientras persistían las discordias internas de una coalición cuya aparente unidad es sólo una ilusión retórica, la fachada de un heterogéneo edificio que parece levantado por muchas manos de estilo dispar. Durante los años de gobierno frenteamplista no se ha modificado la irregular distribución de la riqueza, un problema al que esa izquierda no pudo o no supo encontrar solución más allá del discurso verbal y que refleja su impotencia ante la realidad, a pesar de disponer del envidiable instrumento que consiste en una mayoría en las cámaras legislativas. Según la estimación formulada recientemente por prestigiosos especialistas en materia económica, esa disparidad de condiciones entre las clases sociales del Uruguay, se encuentra actualmente en situación casi idéntica a la que el presente gobierno encontró al asumir sus responsabilidades al comienzo de 2005, lo cual demuestra la limitación de sus herramientas y prueba la distancia que existe entre sus fervorosos lemas y la realidad que pretende -y no pudo- remediar.

No vuelvan a decir que la coalición de gobierno encarna una unidad o un encuentro de corrientes, porque las fricciones de ese grupo de partidos han delatado distancias y rozamientos que se manifestaron con ingrata rudeza en el proceso de constitución de una fórmula para las próximas elecciones, donde no sólo se vinculan dos corrientes que eran irreconciliables en el fragor de los años 70 (el comunismo, la guerrilla urbana) sino que se asocia un candidato presidencial de perfil crudamente popular con un vicepresidenciable de raíz académica, forzadamente aproximado a esa otra figura en el proceso de una mezcla que no tenía alternativas pero tampoco tiene una armonía medianamente aceptable. Quien no lo vea de esa manera, no tiene ojos ni oídos en este fracturado Uruguay.

No vuelvan a decir que el actual gobierno recibió un país arruinado, porque a comienzos de 2005 la alarmante situación vivida tres años antes se había revertido y asomaban los indicios de una recuperación que benefició a quienes heredaban el poder. Esa tendencia funcionó como un respaldo durante los años que siguieron, con incrementos de la inversión y de las exportaciones, aunque el partido de gobierno tropezó posteriormente con la crisis financiera internacional que se incubó en el otoño boreal de 2008 y que ha incidido hasta hoy en los altibajos de la economía y en el pronóstico de un futuro inmediato. Todo depende de las coyunturas mundiales, que a veces son imprevisibles, aunque en el marco del provincianismo uruguayo puede parecer fácil achacar todas las contrariedades al partido que estuvo en el poder y ya no está. En verdad el problema es más complicado y más vasto.

No vuelvan a decir que la ventaja de la izquierda consiste en tener dentro de sus filas a un buen número de gente destacada de las actividades culturales, porque en materia cultural estos años de gobierno tampoco han brindado cambios, ventajas ni enriquecimientos de índole alguna. Hubo individuos eminentes que fueron apartados por la propia izquierda de cargos de responsabilidad, mientras accedían a cargos similares otros individuos de mérito ignoto. Hubo modificaciones en la conducción de organismos que habían funcionado apreciablemente, al frente de los cuales se puso a gente incapaz de imponerles un curso estimable, como ocurre últimamente con algunos museos. Si llegara hoy a Montevideo un visitante extranjero interesado en ver manifestaciones de la pintura uruguaya -un terreno del que podemos enorgullecernos- no tendría dónde enfrentarse con Sáez, De Simone, Barradas, Cúneo, Barcala, Espínola, Costigliolo o Hilda López. Eso demuestra que la izquierda no ha entendido la función medular de los museos.

No vuelvan a decir que el nuevo Sodre podrá inaugurarse en el correr de este año, porque -entre otras cosas- la Sala Verdi sigue clausurada, como si la Intendencia Municipal (también integrante de la fuerza de gobierno) ignorara la obligación de mantener abiertas las salas que deben servir para el enriquecimiento teatral de la población. Que se abra el Sodre, pero también la Verdi. Son compromisos ineludibles, caramba.

El País Digital

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