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El dúo se presentará este viernes, a las 21 hs, en la Sala Zitarrosa
ALEXANDER LALUZ
Las canciones de Rubén Olivera y Diego Kuropatwa habitan en un cruce generacional, que se gestó en una relación docente-alumno. Ahora, sus mundos interiores, voces y guitarras de virtuosa factura, tienen una cita marcada en la Zitarrosa.
Este viernes, a las 21 horas, Rubén y Diego serán los primeros en subir al escenario. Interpretarán la primera canción en un arreglo sólo con sus voces y guitarras, y luego se les sumarán Andrés Pigatto en bajo y contrabajo, Martín Muguerza en batería y como invitado especial, Gonzalo Gravina en piano y acordeón.
El repertorio merece una presentación aparte. O, mejor aún, a través de sus propias palabras. "El recital del 17 -explicó a El País Diego Kuropatwa- se va a componer básicamente por algunas canciones que están en el disco que grabé con mi grupo Kuropa & Cía, Y qué dirán (Bizarro, 2007), y canciones conocidas del repertorio de Rubén (como A redoblar, Los otros días). Y también vamos a hacer algunas composiciones nuevas". A lo que Rubén Olivera agrega: "hay un par de canciones nuevas de cada uno. Tenemos una compuesta entre los dos, pero por cuestiones arreglísticas no la vamos a tocar en este recital".
Como dúo vienen trabajando desde hace un año, dando conciertos en varios escenarios de Montevideo (El Tartamudo, La Experimental de Malvín, por ejemplo), y también del Interior. Así han conformado una singular e interesante asociación intergeneracional. Olivera es parte de una prolífica generación de músicos -Fernando Cabrera, Jorge Lazaroff, Leo Maslíah o Mauricio Ubal- que hacia fines de los años setenta asumió el desafío de abrir otros horizontes a la canción popular. Y Kuropatwa representa a una camada mucho más joven, que, más allá de notorias diferencias estilísticas, de contextos históricos y políticos, reconoce como una de sus influencias a los hallazgos creativos de aquel núcleo de músicos porfiadamente comprometidos que muchos llaman la generación del `77.
Ambos se conocieron de forma "casi casual". Aunque en la música como en otras expresiones artísticas, ese "azar" es solo la superficie de un encadenamiento de hechos nada fortuitos. "La primera vez que me encontré con Rubén -recuerda Diego-, fue hacia 1998. Yo trabajaba en una empresa de comunicación visual y ahí había un estudio de grabación, que era Sonus, en donde Rubén estaba masterizando el disco Una tarde de abril (Ayuí, 1998)". Aprovechando el encuentro, le preguntó a Rubén si daba clases de guitarra. "Al final arreglamos y estudié con él durante dos años. A partir de ahí seguimos en contacto hasta ahora".
Pero este dúo, como se apura a aclarar Rubén Olivera, no es consecuencia exclusiva de aquella relación docente-alumno. "Todas las canciones que cantamos en este espectáculo que venimos presentando, Diego las tenía compuestas antes de venir a mis clases. Bueno, eso de `las clases` siempre es algo relativo, un eufemismo, porque en esos contextos uno siempre aprende del otro". Así fue que "una vez él me mostró una canción que se llama Madre naturaleza, que está en el disco Y qué dirán, y me encantó. En aquel momento le dije: `cuando la grabes, quiero estar ahí para hacer el arreglo de la guitarra o algo`. Finalmente la grabó y yo le hice el arreglo de la guitarra y canté con él. Ese fue como el punto de partida. Ahí vimos que había una sintonía muy especial entre nosotros", agregó Olivera. Esta sintonía, enfatizaron ambos músicos, se estableció a partir de elementos musicales muy concretos.
Uno de ellos está directamente relacionado con el mundo sonoro de la guitarra y su papel en el tejido de texturas, entornos expresivos, flujos dinámicos, colores armónicos que devienen de la interacción con las voces. "En nuestro dúo los dos cantamos y tocamos", dijo Olivera. Y con su conocida habilidad para traducir la experiencia sonora en palabras, explicó: "La guitarra ocupa un lugar importante, especial, en una búsqueda de mayor grado de detallismo al tocar, la posibilidad de plantear arreglos de mayor complejidad, no por la complejidad en sí, sino por la búsqueda de una sonoridad especial". Una búsqueda que define formas de toque guitarrístico (desde el uso -o no uso- de la amplificación, hasta la configuración de los bloques armónicos o estructuras más contrapuntísticas) que trascienden ciertos gestos y modelos arreglísticos estereotipados.
Además de esta coincidencia en el enfoque guitarrístico, Kuropatwa y Olivera reconocen otros aspectos más sutiles que crean una zona de apertura y encuentro estilístico en este trabajo. Uno de ellos tiene que ver con las formas de canto, donde "mi voz más aireada -dice Olivera- se complementa muy bien con el canto más seco de Diego". Para Kuropatwa, esos signos complementarios vienen de la influencia que la generación del 77 dejó en él. "Yo me nutrí de la música de Rubén o de Cabrera -dijo el joven compositor-. Y a eso se suma el lado más `popero` o roquero que hacíamos con mi grupo Kuropa & Cía. Pero las canciones de ambos tienen como una misma esencia.
Y finalmente está el componente letrístico y poético, en el que ambos creadores han trabajado, lejos del efectismo o el pintoresquismo, un abanico muy amplio de referencias a lo cotidiano y a sus tramas simbólicas (el amor, la esperanza, los mundos físicos y humanos de la infancia). En la interacción con lo musical, esta poética de Olivera y Kuropatwa se erige como una suerte de mapa sensible que interpela al receptor a un disfrute y a una apropiación significante, que están bastante alejadas de los cultos a la fugaz banalidad de las modas.
Rubén Olivera
Una tarde de abril (Ayuí, 1998)
Este disco, que fue la piedra de toque para la formación del dúo de Rubén Olivera y Diego Kuropatwa, es un trabajo que muestra a un creador maduro, explotando una capacidad de síntesis estilística muy potente.
El creador de A redoblar, aquel himno popular de los difíciles años ochenta -compuesto junto a Mauricio Ubal-, bucea en otros territorios tímbricos, con un mapa de influencias algo diferentes, pero con muchas constantes. Desde sus primeros discos -Pájaros de 1981 o Rubén Olivera vol. 2 de 1983- se reveló como un refinado guitarrista. A través de su técnica, que se entronca con el histórico guitarrismo uruguayo, ha sabido urdir complejas texturas pero que, en el ensamble con su voz aguda, cargada de aire, se revelan con una singular sencillez. Y ese aspecto sigue presente en este entrañable Una tarde de abril, jugando en y con la intimidad de los mundos simbólicos más cercanos.
Kuropa & Cia.
Y qué dirán (Bizarro, 2007)
Este disco es, hasta ahora, el único trabajo editado de Diego Kuropatwa. Sus canciones abrevan de la tradición cancionística uruguaya y latinoamericana, donde el texto poético ocupa un lugar central en la composición. Pero en este caso, esa importancia queda equilibrada (o compensada) con una especial preocupación por el tratamiento del material tímbrico, armónico y melódico.
Diego Kuropatwa muestra aquí una atractiva capacidad para crear -al igual que Rubén Olivera- pequeños entornos sonoros en los que la poesía y el canto fluyen de manera muy natural. Sus imágenes, referencias estilísticas, conectan con objetos, espacios, afectos, que son fácilmente reconocibles por el escucha. Y a la vez ofician como mediador para una suerte de proyecto de identidad musical (y cultural) muy dinámico y sin discursos grandilocuentes.
Diego Kuropatwa y Rubén Olivera llevan un año presentándose como dúo en distintos escenarios, y proponiendo una nueva síntesis de influencias y lenguajes musicales. Olivera aporta a este dúo la experiencia de varias décadas en la música popular uruguaya, y sobre todo el empuje y la pulsión creativa que animó a la llamada generación del 77. Esta experiencia creativa encontró en Kuropatwa un aliado perfecto. La ductilidad y sensibilidad de este joven creador, creció -y no por casualidad- en la escucha de aquellos creadores que cimentaron una nueva canción popular en Uruguay. A esta influencia, Kuropatwa le agregó las nuevas inquietudes creativas que también pulsan en músicos de su generación, y que definen un perfil muy diferente de lo que algunos llaman (por defecto) "cantautor".
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| Foto: El País. |
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