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Qué es más importante, tener un país con menos pobreza, o más igualitario? Se trata de un pregunta compleja, pero que vale la pena hacerse en momentos de campaña electoral, y donde este tipo de conceptos suelen estar permanentemente en boca de los candidatos de turno.
El tema del igualitarismo es algo que el uruguayo tiene muy incorporado y está bien que así sea. Somos una sociedad que siempre se ha jactado de no tener exhibiciones degradantes de miseria, ni ostentaciones de riqueza insultantes. En los últimos años este ideal se ha visto minado, y de ahí que se hable de la necesidad de una mayor redistribución de la riqueza, algo que suena lindo, pero tiene varios problemas. Sobre todo, implica validar el caduco concepto de que en una sociedad lo que a unos les falta, es porque otros lo tienen en demasía, algo que la realidad se ha encargado de desmentir. La historia reciente revela que los países que han tenido logros más destacados en erradicar la pobreza, han experimentado al mismo tiempo un aumento de la desigualdad. Veamos esto con datos estadísticos.
El "índice Gini" es una herramienta clave para medir la desigualdad social. Es un número entre 0 y 1, en donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad y 1 es la perfecta desigualdad. Uruguay en este índice de igualitarismo es un país de media tabla, con un coeficiente de 0,45. Una tabla que revela que Dinamarca es el país más igualitario del mundo (0,24), y Namibia el peor (0,74). Hasta ahí no parece haber sorpresas. Sin embargo, el lector se sorprendería de saber que Albania (0,31) o Bangladesh (0,33), están por encima de nuestro país. ¿La razón? Son países más igualitarios, porque la mayoría de la gente es pobre, todos tienen poco. Algo que nadie puede considerar un logro.
Por otro lado, EE.UU. tiene un Gini no muy superior que Uruguay, 0,40. Una desigualdad mayor que la de otros países desarrollados. El motivo es que los que tienen mucho dinero en ese país, realmente tienen mucho dinero. Sin embargo, quienes tienen menos, viven bastante mejor que los pobres de países tan igualitarios como Benin o Bangladesh. Un argumento que ilustra que la igualdad no tiene por qué ser un objetivo en sí misma. Pero hay otros.
Chile es uno de los países que ha logrado reducir en forma más exitosa la pobreza en los últimos años. El porcentaje de pobres se redujo del 45% en 1987, a un 13,7% en 2006. En ese período el Gini apenas mejoró, pasando de 0,57 en 2000, a 0,54 en 2008. ¿Qué pasó? Que Chile tomó como prioridad rescatar a un mayor porcentaje de su gente que vivía en la pobreza, aunque ello generara como contrapartida indeseable que no se redujera al mismo ritmo la desigualdad.
China es otro ejemplo similar. Un país donde, cuando empezaron las reformas capitalistas, un 64% de la población vivía en la pobreza logró que esa cifra llegue al 13% en 2006. Período en el que, sin embargo, se agravó la desigualdad, pasando el Gini de 0,44 en 2001 a 0,46 en 2008. En comparación con estos dos países, Uruguay ha mantenido en los últimos 8 años un índice de desigualdad casi sin cambios. Pero la pobreza ha crecido del 18% en 2001, a 27% en 2006.
Hay muchas razones para que esto suceda. Se habla de que los sistemas capitalistas liberales benefician más a quienes tienen mayor capacidad económica y preparación, lo cual genera en principio un aumento de la desigualdad, que después se va atenuando. Por otro lado, se admite que esos sistemas son por lejos los que permiten una mayor creación de riqueza, y que por ello son los más apropiados para lograr abatir rápidamente los niveles de miseria. Lo que los números presentados revelan, más allá concepciones políticas o preconceptos ideológicos, es que si lo que se quiere es una rápida reducción de la cantidad de gente pobre, tal vez no sea cosa buena ponerse demasiado quisquilloso con el tema de desigualdad. Que la obsesión por lograr una sociedad absolutamente igualitaria no siempre trae consecuencias positivas, sobre todo cuando se hace al precio de frenar el impulso económico. Algo que queda claro en el caso de Bangladesh, pero también en el de Uruguay.
Todos los países son diferentes. Y cada uno debe buscar su propio camino para encontrar el ideal de sociedad que pretende. Pero lo que la experiencia comparada revela, es que en economía y en política, a veces los voluntarismos y las buenas intenciones no son suficientes para lograr los objetivos que nos proponemos.
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