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GUSTAVO PENADÉS
El domingo 28 los nacionalistas vivimos momentos que serán difíciles de olvidar. Un Partido que, apenas conocido el resultado de las urnas, consagró una fórmula presidencial que llenó de satisfacción a todos. El mensaje fue recibido por los blancos con gran alegría y emoción, pero, por sobre todo, fue un mensaje muy fuerte para la opinión pública. Se demostró que existe una colectividad política unida, madura, y consciente del desafío que tiene por delante.
Cumplida esa primera etapa, comienzan meses de intenso trabajo dirigido a la obtención del gobierno nacional, y, más adelante, de los gobiernos departamentales.
Por parte del Partido Nacional el tono de la campaña será sin lugar a dudas positivo, es decir, basado en la formulación de propuestas. De parte del Frente Amplio no podemos aventurar todavía nada, a pesar de que, a estar por expresiones de algunos de sus dirigentes, se podrían estar tocando los tonos más bajos.
Si esa tendencia fuera confirmada una vez que el Frente Amplio complete su fórmula presidencial, creemos que se estaría cometiendo un grueso error. En efecto, desde 1985 la estrategia de acumulación de fuerzas del Frente tuvo por eje central la crítica destructiva y la descalificación de los otros partidos políticos; convergiendo todo ello en una creciente polarización de la sociedad en buenos y malos. Se construyó un esquema en que unos partidos son, en su esencia, portadores del Mal, mientras que otro, la coalición frentista, es la encarnación del Bien.
Esa estrategia fue electoralmente funcional y en buena medida les permitió hacerse del poder. El problema que enfrentan hoy es que el ejercicio del mismo y, por sobre todo, el no haber cambiado radicalmente nada, los pone ante la disyuntiva de subir la apuesta o situarse en plano de igualdad para confrontar propuestas y soluciones.
En otras palabras: el Frente Amplio puede intentar polarizar más aún a la opinión pública transformando así la campaña electoral en una "lucha a muerte entre el Bien y el Mal", o, asumir una actitud de humildad y realismo para confrontar visiones de cómo debe ser el Uruguay del futuro y, por sobre todo, de cuáles son las vías para llegar a hacer realidad aquéllas.
Si partimos de la base de que conformamos una nación, una comunidad de hombres y mujeres que pretenden en esta tierra un mejor futuro para sí y para sus hijos, el "día después" pasa a ser esencial.
Si a ello le agregamos que es improbable que alguno de los partidos obtenga mayorías parlamentarias, advertiremos que constituiría un gravísimo error incursionar en una campaña electoral que profundice las divisiones y torne más dificultosa la tarea de labrar acuerdos que serán necesarios, tanto nivel de los actores sociales como de los políticos.
Nuestro país tuvo la desgracia en el pasado de vivir episodios de fuerte radicalización de las posiciones que a nada bueno llevaron; e, incluso, en algunas de sus manifestaciones, los acontecimientos del pasado vuelven una y otra vez conformando un lastre que pareciera hacerle imposible avanzar.
En estos días, en que la campaña electoral aún no cobró la intensidad que lógicamente tendrá en los próximos meses, es conveniente pensar que, pase lo que pase, nada se acaba ni nada termina, porque la vida sigue.
Sería un gravísimo error incursionar en una campaña que profundice divisiones y dificulten los acuerdos.
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