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REBAR
Uno de los programas de más alto "rating" en la televisión inglesa, es "Britain`s God Talent". Para la emisión del sábado 11 de abril se anunciaba la primera presentación de una aspirante a la fama, de la que no se conocían suficientes datos que permitieron a los productores de ese espacio de "cazatalentos", vaticinar hasta qué etapa del ciclo llegaría una escocesa de 48 años inscrita como cantante.
Susan Boyle fue acercándose a las cámaras, y nadie pudo resistir la sorpresa de su aparición sin lanzar una carcajada: su figura gorda y desaliñada; un peinado catastrófico; un rostro de bobota encandilada por los reflectores; un vestido adquirido en una liquidación de "El molde maldito", conformaban aquella presencia pesadillesca que, para muchos, muchísimos, no podía tomarse en serio. "¡Pobre gorda!"... murmuraban algunos: "Esta es una jornada de debut y despedida"... comentaban otros. "En cuanto abra la boca" -agregaban los más- "se vuelve a su casa". Y sí: los miembros del jurado comenzaron a ensayar en las hojas de puntajes, el cero más redondito para calificar su actuación.
El presentador del programa -entre sonrisas que mezclaban una fingida cordialidad con una fina ironía- le preguntó:
-Susan Boyle... ¿Qué va a cantar?
La mujer pareció desprenderse de un cuadro de Rubens -a quien no se le escapó ninguna gorda de su generación para plasmarla en sus telas que, más que él, debió rubricarlas un pintor de brocha gorda para estar a tono con la escena- la mujer, decía... respondió con cierto titubeo:
-Voy a cantar "He soñado un sueño".
Ese precioso tema, uno de los centrales del exitoso musical "Los miserables", entraba en agonía: estaba a punto de morir al primer alarido que profiriera la gorda. Avanzó hacia el micrófono a pasitos cortos, como si estuviera estrenando zapatos de taco alto. No bien empezó a cantar, ese físico se fue transformando por la magia de la voz, en un delicado angelito. Extasió al auditorio... y siguió arrobando a los telespectadores en las instancias siguientes hasta la final, cuando más de cien millones de personas que fueron viéndola en You Tube la respaldaban como fija para la consagración. Sin embargo, el desenlace de la competencia no le favoreció: fue derrotada en el último programa por "Diversity", un grupo de bailarines callejeros que recibió del jurado, el premio de un cheque por 100.000 libras.
Había terminado "el sueño soñado"... pero Susan despertaba a una realidad nunca soñada. El estrés se hizo presente con un estallido violento que impuso la internación en una clínica. El marketing la hizo su víctima. Quedó atrapada en el infierno mediático. Los reportajes llovieron: los peinadores, los maquilladores, también: uno de sus médicos la acompañó a la tienda Lulu & Fred, para que eligiera varias prendas de vestir y zapatos... De una modesta vivienda al Sur de Escocia, saltó a un departamento londinense valuado en dos millones de dólares: lo ocupará junto a su único e inseparable compañero, el queridísimo gato Pebbles, al que la fama de su dueña le resbala por la cola.
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