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Rodolfo Sienra Roosen
Hace unos días escribíamos sobre el orgullo de ser blanco, destacando la corrección con que se había llevado la campaña electoral de las primarias del Partido Nacional. La misma culminó en la noche del domingo pasado y con broche de oro. El resultado estaba dentro de lo esperable, seamos sinceros. No votamos a Lacalle, pero le reconocemos las dotes de conductor que el Partido va a necesitar cuando acceda al gobierno. Tiene dos virtudes no equiparables, pero que sí se complementan para que ratifique lo que ya fue, un gran Presidente. Justamente la primera es la experiencia de gobierno que tendrá que sacar a relucir ante una realidad política muy diferente de la de veinte años atrás. La segunda es el dominio del oficio del gran político, probado en una reacción tan vigorosa como magistral que levantó la cotización de sus acciones cuando en su propio entorno le auguraban "techos" que no podría superar y superó ampliamente. Entonces dio el paso atrás, abrió la cancha para que salieran los pretendientes, y cuando quedó comprobado que ninguno podría hacerle sombra, marcó presencia, y volvió a timonear la nave de su sector.
Ganó la primaria claramente, sin ninguna discusión. Pero de la misma manera que resaltamos las condiciones del abanderado, nos sentimos orgullosos de haber acompañado la candidatura de Larrañaga, y de su decisión generosa y blanca, de aceptar integrarse en la fórmula. Pasó de derrotado a ganador en pocas horas, y terminó compartiendo con su contrincante la atención de todo el país, y la alegría de todo el Partido.
Hay que prepararse para gobernar, y para ello es menester rescatar el nivel de los equipos que acompañaron a uno y otro candidato cuidando de su homogeneidad intelectual y sentimental, sabiendo seleccionar a todos los que sinceramente están conformes con el resultado y con la confirmación de la unidad sin reticencia alguna, con simpleza, con el ánimo retemplado. Y sin rencores que a buen entendedor pocas palabras bastan.
Algunos consideraron una sorpresa que la votación en la primaria nacionalista haya superado la del Frente Amplio. No lo es. Es cierto que no se trataba de una elección interpartidaria, pero de todas maneras, esto quiere decir algo, y quizá más que algo, porque el oficialismo -si pudiera hablarse de uno- se fue a dormir sorprendido y asustado y sigue todavía. No queremos explayarnos sobre las causas de esta diferencia tan clara a favor de la votación al Partido Nacional. Por ahora nos quedamos con las caras del estrado del Frente en la noche del domingo que -con todo respeto- parecía de teatro de verano a pesar del contraste con el frío. Tenían locutor y todo. Pero esas causas son muy fáciles de entender.
Lo realmente trascendente, por ahora, es la excelente votación nacionalista, la naturalidad con que asumieron todos al pronunciamiento de las urnas, y el gesto de unidad, compromiso insoslayable.
Nuevamente la responsabilidad histórica de devolverle al país los valores que siempre lo distinguieron como un ejemplo en América, recae sobre las anchas espaldas de éste, el Partido político más antiguo del mundo, que nació para servir a la patria, a la Constitución y a la ley.
Y que no se diga que nada se ganó todavía. Ganamos la confianza de la gente, a la que no le vamos a fallar.
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