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Drogas. Las "fazendas", una propuesta católica brasileña que se instalará en Florida
XIMENA AGUIAR
Una decena de voluntarios extranjeros, colaboraciones de las parroquias locales y apoyos del gobierno se suman para inaugurar el 1° de agosto un centro de rehabilitación de drogadicción en Cerro Chato, Florida.
"Trabajo, espiritualidad y convivencia" son los tres ejes en los que se basa la recuperación en los centros del movimiento brasileño de las fazendas (haciendas) "de la esperanza".
En ellas, voluntarios y personas con consumo problemático de drogas conviven en pequeñas comunidades, trabajando en un emprendimiento productivo, meditando y compartiendo la vida cotidiana, para redescubrir "la experiencia de amar y ser amado", según explicó Gabriel Tojo, sacerdote de la parroquia católica del Salvador, en Treinta y Tres.
Esta propuesta, con origen en el catolicismo brasileño, se ha ido expandiendo por el mundo de la mano de voluntarios, muchos de los cuales pasaron por el tratamiento de rehabilitación.
Es un tratamiento exigente, que dura 12 meses. Durante los primeros tres, la persona debe mantener la abstinencia de drogas, incluido el tabaco, y dejar de ver a su familia y amigos mientras se integra a las rutinas de trabajo y convivencia de la comunidad. Luego se habilitan las visitas periódicas. El tratamiento tiene un costo en el entorno de $3.000 por mes, a cambio de los cuales se da un conjunto de productos elaborados por la fazenda que la familia puede vender, como una manera de aceptar el tratamiento y de que la persona atendida no se sienta una carga para su familia, describió Rojo.
En la primera incursión de las fazendas en Uruguay, la experiencia se instalará en Cerro Chato y comenzará a funcionar con espacio para 20 personas a partir de agosto.
"PUDE AMAR". Rojo conoció la experiencia de las fazendas en Rio Grande do Sul. A poco de llegar, un chico recién ingresado le pidió para confesarse. Luego de una larga charla, y al momento de marcar una penitencia, el sacerdote le pidió que intentara abrirse a la propuesta. Al día siguiente el chico se le acercó corriendo. "Padre, pude amar", le dijo emocionado. El paso había sido simple: había llovido de mañana, él se había ocupado de guardar la ropa colgada y sus compañeros le habían agradecido la atención.
Esas pequeñas muestras de transformación lo impresionaron, contó. "Fue una experiencia muy fuerte, me cuestionó mucho. Tantos años de estudio, de leer el evangelio, tantos sermones… y la cosa es más simple, es amar y servir" dijo.
Al volver a su parroquia relató la experiencia al entonces obispo de Melo, monseñor Luis del Castillo. "A nuestras parroquias venía gente pidiendo ayuda, no sabíamos cómo hacer. No es cuestión de tener ganas, sino de saber cómo ayudar. Nos veíamos superados por el tema droga. Propuse invitarlos", contó Rojo. Hace un año y medio los fundadores de las fazendas estuvieron en Uruguay. La diócesis ofreció donar una propiedad de 50 hectáreas en Cerro Chato y comenzó el proceso de fundación, contó.
Se trata de una propuesta nueva para Uruguay, pero ya ha recibido varios apoyos. Aún no se sabe cuál será la principal actividad productiva que llevarán adelante, pero es seguro que habrá una huerta y criadero de animales, para lo cual la Junta Nacional de Drogas aprobó una transferencia de $50.000. Además, un apicultor uruguayo que conoce el movimiento se ofreció a colaborar. También se buscará que alguna empresa los apadrine permitiéndoles desarrollar alguna etapa de su proceso productivo.
Por otro lado, las comunidades de varias parroquias de la zona se han comprometido a abastecer durante los primeros meses de productos básicos, como yerba, o harina, y un liceo salesiano de Melo se comprometió a recolectar alimentos enlatados. "Hemos encontrado una buena recepción a nivel local. Hay mucha gente que quiere hacer algo y no sabe cómo", señaló Rojo.
Incluso, como la localidad está en el límite entre Florida, Treinta y Tres y Durazno, los intendentes han expresado informalmente su interés en que se convierta en un proyecto regional, afirmó Rojo. El apoyo de la zona también se mostró en las reformas de la entrada al local: "una Junta donó los caños de hormigón, otra el balasto y otra puso las máquinas", contó.
No tenía adicciones, no cometía delitos, podía decir que estaba bien. Pero tenía una vida desordenada, mentía, había tenido dos separaciones, dos familias desarmadas" contó Daniel Barbosa (34), uruguayo que vivió en Argentina y trabajó en una fazenda en Córdoba. "Hice la formación dentro de la fazenda, trabajé como coordinador, que es el que está 24 horas con ellos, el que sabe en qué está cada uno, como un padre", explicó. Allí dispone de alojamiento, comida y lo necesario para vivir. "Me siento en paz, es la primera vez en la vida que siento que estoy haciendo algo útil, no sólo por mí, sino por los demás. Estoy sin un peso, trabajando por amor. Yo también salvé mi vida", afirmó. Desde Córdoba también vinieron Rodolfo e Irma, una pareja de veteranos que colabora periódicamente con "los chicos" simplemente porque se sienten "parte de la familia".
Estaba matándome a mí mismo con las drogas. Ahora estudio, tengo trabajo, recuperé mi vida para mí. Y quiero darla a los demás", contó Bernardo Schuclert (21), que realizó el tratamiento de recuperación de consumo problemático de drogas en una fazenda en Alemania, el año pasado. Cada vez que el movimiento necesita de una colaboración, manda una circular a las personas que pasaron por la experiencia. Bernardo vino a Uruguay, como una decena de voluntarios de Argentina, Brasil y Paraguay, para ayudar a poner a punto el nuevo local. La mayoría no se conocía entre sí, pero ya parecen amigos. "Son las mismas historias en distintos lugares", explica el brasileño Alexaindre. "Cuando yo estaba en la fazenda tenía a alguien que donó su vida para ayudarme. Sentí que debía devolverlo dando mi servicio a quien sufre", dijo Marcelo. Otros asintieron.
La "Fazenda de la Esperanza" surgió en Guaratinguetá, San Pablo, en 1983, a partir de las enseñanzas del franciscano Frai Hans y de uno de sus parroquianos, Nelson Giovaneli, quien se acercó a consumidores de drogas para acompañarlos en su rehabilitación. Es la principal obra social de la "Familia de la Esperanza", una asociación de fieles reconocida por la iglesia católica que combina la espiritualidad franciscana, centrada en la pobreza material, con la del movimiento de los focolares, centrada en la comunidad.
Hoy hay más de 30 fazendas en Brasil y una decena más en otros países como Paraguay, Argentina, Alemania, Rusia y Filipinas.
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