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Leonardo Guzmán
El Uruguay se remozó. Lo estremeció el gesto político mayor, sin vacilaciones, por el cual, cercano a la mitad del lema más votado, el Dr. Jorge Larrañaga se allanó a la candidatura a la Vicepresidencia que, también sin vacilaciones, le ofreció el Dr. Luis Alberto Lacalle.
Y ocurrió algo aun más importante que el resonante acuerdo ante cámaras: el ciudadano emergió sobre las "estructuras".
La ciudadanía proclamó que el voto no es cosa de "movilización" sino de conciencia, no es cuestión de causas sino de sentido. Por eso, hubo ausencia-castigo de los adherentes a un elenco que hace sólo cuatro semanas perdió a su Ministra del Interior por ofensora y deslenguada. Y por eso, debe sentirse que, por encima de las militancias partidarias, nos ventiló una ráfaga de sentido común.
De Aristóteles a Montesquieu y a nuestro Rodó, la democracia se funda en el culto de la virtud ciudadana: no en la contraposición de intereses ni en la lucha de clases sino en la siembra y el cultivo de valores anteriores a la buena o mala fortuna. Ese concepto estuvo en la raíz de las Instrucciones y en todos los textos de la Constitución. Reverdeció el domingo. Primavera en invierno.
Que no lo pasme ni marchite la costumbre de polarizar.
Allí salió un festejante a contraponer generaciones para justificar su irrupción mayoritaria. Error: las ideas y las conductas no se clasifican en viejas y nuevas sino en buenas y malas, sanas y enfermas, benefactoras y dañinas. Parir ideas no es cuestión de edad; por lo cual resulta inadmisible que -tan luego desde un partido histórico- la cadena de conceptos y definiciones que se maceró en experiencia y sufrimiento se sustituya por unas afinidades que si son sólo generacionales resultan menos que light.
Polarización por generaciones no, pues.
Y contraposición de derecha e izquierda con odio y lucha de clases, menos. En el mundo, esa herramienta se ha usado para, ahogando sensibilidades y razones, formar rebaños que balan y no personas que piensan. En el Uruguay siguen proponiéndola algunos, pero no se impone ni aun teniendo favorecedores en el poder.
La República se resiste a partirse porque, felizmente, todos tenemos puntos ideales que nos unen por encima de nuestra circunstancia gremial y personal. Pese a la indolencia contagiada a manos llenas y a la indiferencia descriptiva con que nos machacan noticias atroces, seguimos abrazando al prójimo en el culto ético a los principios de Derecho, manteniendo los sentimientos humanistas que un siglo atrás crearon nuestra legislación laboral, feminista y reivindicadora, no por agresiones entre las clases sino por conciencia de justicia.
La conciencia común de que no hay derecho a matar por el deporte ni a robar en cualquier esquina ni a violar criaturas ni a ensangrentar la vida familiar nos muestra que hay un reducto último de la moral y el Derecho, que no depende de que tengamos dinero o no.
La valoración constitucional de talentos y virtudes y la admiración tanguera por el que "gana con sudor el pan que lleva a casa sin arrastrar su honor" nos grita que siembra más un "levántate y anda" apoyado en educar para la lucha que un reparto de subsidios con propósito anestésico-electoral.
Al fin de cuentas, la libertad pensante es mucho más fecunda que la estrechez de cenáculos proclives al divisionismo fanatizante.
Y eso nos devuelve la seguridad de estar destinados a ser nación integrada y no sociedad partida al medio.
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