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Jorge Abbondanza
Al borde de la muerte civil, Ruth Alpern (una elegante neoyorquina de 68 años) ya no puede ir a los restaurantes que frecuentaba, a la peluquería donde la peinaban y ni siquiera a la florería donde solía comprar rosas y tulipanes. Ha sido expulsada de todos esos sitios y en el mejor de los casos le pidieron amablemente que se retirara y no volviera. Ese repudio se comprende al saber que Ruth es la esposa de Bernard Madoff, el financista que hace cuatro días fue condenado a 150 años de cárcel por un tribunal penal de Manhattan.
Lo que ha convertido a ambos en figuras canallescas es la enormidad de la estafa (US$ 65.000 millones) cometida contra miles de inversores y ahorristas que a lo largo de tres décadas habían entregado su dinero a Madoff a cambio de los intereses más altos de Wall Street. Lo criminal es que el hombre pagaba esos beneficios utilizando dinero ajeno (el de cada nuevo depósito que recibía) con lo cual armó una gigantesca calesita que se vino abajo cuando arreció la crisis financiera y los asustados clientes quisieron recuperar sus capitales, porque entonces Madoff no tuvo con que responder. Lo arrestaron el 11 de diciembre y el 12 de marzo se declaró culpable de todos los cargos.
Lo más llamativo del caso es que entre los miles de personas e instituciones arruinadas por culpa de Madoff, figuran sociedades benéficas judías -incluyendo la encabezada por Eli Wiesel, un notorio sobreviviente del Holocausto- lo cual demuestra que el gran embaucador no tuvo el menor escrúpulo en desplumar a gente de su propia colectividad, desde filántropos como Wiesel hasta organizaciones caritativas y universidades. Ello permitió a un prestigioso observador judío armarse de ironía para decir que "el caso Madoff se ha convertido en el sueño dorado de cualquier antisemita".
Marco Proietti, gerente del restaurante italiano donde a menudo Ruth iba a comer, dijo que "vamos a declararla persona non grata. Ella sabía lo que estaba pasando. Y además uno de nuestros clientes perdió 10 millones por haber confiado en ellos". Por su parte, Madoff ya sabe que morirá en la cárcel, porque no habrá buena conducta capaz de reducir esa pena, considerando que recae en un hombre de 71 años. En todo caso, conviene reflexionar sobre el hecho de que la Justicia uruguaya es mucho más indulgente que la norteamericana cuando se trata de procesar a estafadores millonarios que perjudicaron a miles de crédulos inversores apropiándose de su dinero.
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