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Cómo cambian los tiempos! Si algo deja en claro la crisis que se vive en Honduras, es que en esta era de globalización, de Obamas, y de socialismos del siglo XXI, ya nada es como antes. Y que los operadores políticos deben estar muy conscientes de que sus acciones pueden desencadenar consecuencias, impensadas sólo unos años atrás.
Los primeros que no tuvieron en cuenta el signo de esta nueva era parecen ser los militares hondureños, que con su última acción, deteniendo al presidente constitucional José Manuel Zelaya, y enviándolo en piyama exiliado a Costa Rica, calcularon que solo estaban ejecutando una acción más, de las muchas similares que Centroamérica ha vivido en su historia. Mientras Zelaya se prepara en Washington para volver a su país, arropado por el respaldo de todo el abanico político internacional, y acompañado nada menos que por Hillary Clinton, la secretaria de Estado del gran vecino del norte, los mandos militares de aquel país se deben estar preguntando qué pasó esta vez.
Pero esa es sólo una de las particularidades que hará que esta crisis política pase a la historia. Para entenderla hay que remontarse meses atrás, cuando el mandatario hondureño, un terrateniente y rico empresario con aspecto de cantante mexicano, decidió hacer un giro radical en su posicionamiento político. Azotado por la crisis económica y falta de apoyo popular, Zelaya optó por pasarse pomposamente bajo el ala protectora de Hugo Chávez, a la vez que intentaba en forma ilegal impulsar un referéndum que le permitiera extender su estadía en el poder por otro período.
Esto fue rechazado por el Congreso hondureño, la Corte Suprema, y el organismo electoral de aquel país. Seguramente influenciado por sus nuevos "socios", Zelaya no se intimidó por esas nimiedades, y ordenó al ejército que interviniera para hacer efectiva esa consulta popular, expresamente prohibida por la Constitución. El principal jefe militar del país se negó a acatar esa orden, y así se desató la crisis final. Zelaya se recluyó en su residencia, y reclamó un respaldo popular que nunca se materializó. Los militares ordenaron su expulsión inmediata del país, y el Congreso, apoyado por la justicia y por unanimidad, decidió nombrar un nuevo presidente, Roberto Micheletti.
A partir de ahí comenzó una polémica internacional, en la que Hugo Chávez, para variar, acusó a intereses extranjeros y a la CIA de estar detrás de la caída de su nuevo pupilo. Para no ser menos, la Unión Europea amenazó con retirar sus embajadores, y la OEA con expulsar al país por no cumplir con la "carta democrática". Ahí entró a tallar la nueva diplomacia de Barack Obama que, interesada en lavar su imagen internacional, no solo rechazó cualquier vínculo con los golpistas sino que impulsa fuertemente desde la OEA el regreso del líder depuesto a su país. Se dice por estos días que Obama habría pedido a Lula que intervenga en el asunto, y que incluso hay detrás un ofrecimiento para que el presidente brasileño luego de dejar su cargo asuma la presidencia del Banco Mundial, cargo reservado por estatuto a un estadounidense.
En estos casos hay que ser claros. Zelaya es el presidente constitucional de Honduras, y eso es incuestionable. Si como presidente cometió irregularidades, será la ley de su país la encargada de hacer justicia. Pero que un mandatario legítimo sea expulsado por un grupo de militares es un antecedente inaceptable en los tiempos que corren. Esto no afecta en lo más mínimo el hecho de que Zelaya haya intentado vulnerar por la fuerza el orden legal de Honduras, y que las garras de Chávez vuelven a estar detrás de una situación irregular en un país que no es el suyo.
Un hecho que debe llamar a la reflexión también sobre las particularidades de la diplomacia en estos nuevos tiempos, es que el sistema político internacional está a punto de reinstaurar a un gobernante que cuenta con la oposición del 100% de su parlamento, de sus sistemas jurídico y electoral, y cuya caída ha sido vista por la población hondureña con bastante frialdad. Otro detalle interesante es que la OEA amenaza expulsar a Honduras por no respetar su "carta democrática", en defensa de un gobierno cuya vocinglera canciller fue hace semanas la ideóloga del regreso de Cuba al organismo, pese a que obviamente no cumple ningún requisito democrático. Y esto poco menos que pidiéndole disculpas por entrometerse en los problemas internos de la isla.
Las cosas extrañas que se ven en el mundo de hoy.
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