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CLAUDIO FANTINI
Vivimos sofocados por la gente que cree tener absolutamente la razón", escribió Camus. Esa sofocación experimentan muchos argentinos cuando escuchan al matrimonio gubernamental. Los habría aliviado encontrar en ellos una revisión autocrítica de sí mismos, a la luz del tremebundo fracaso que sufrieron en las urnas. Pero nadie que se crea totalmente dueño de la verdad puede buscar la explicación de una derrota en los errores propios. Por eso lo primero que dijo Néstor Kirchner sobre el resultado del comicio fue "perdimos por muy poquito". La estupefacción no se había disipado cuando la presidenta, mediante extrañas contorciones matemáticas, explicaba que en realidad el kirchnerismo había ganado.
Parecía increíble. Las mismas personas que plantearon el comicio como un plebiscito sobre la gestión kirchnerista, en el que se jugaba "la continuidad del modelo" o el "retorno caótico al infierno económico, político y social del 2001", decían ahora que fue una elección más, incursionando a renglón seguido en el surrealismo aritmético que minimizaba su derrota o la convertía en triunfo.
En los hechos, fue un plebiscito porque se votó a favor o en contra de Kirchner. El resultado es que alrededor del 70% de los argentinos está en contra y alrededor del 30 a favor. Pero la alucinante ecuación presidencial explicó por qué esta proporción es una victoria oficialista.
¿Deliraba? No, Kirchner había reducido toda la elección al espacio en el que, previendo la derrota, intentó salvar al menos una imagen de victoria: la Provincia de Buenos Aires. Con esa expectativa tan resignada, Kirchner se postuló para diputado. Si al menos él salía primero en el distrito en el que competía, podía alegar que sigue siendo un ganador, aunque el kirchnerismo se desmorone. Para salvar esa apariencia, invirtió todas sus fuerzas políticas y recurrió a trapisondas y arbitrariedades. Ni siquiera así pudo vencer a De Narváez.
De este modo, las urnas mostraron una paradoja: Néstor Kirchner convirtió a su esposa en presidenta, pero le arruinó el gobierno. Por eso la inmediata consecuencia de la derrota tendría que ser un gobierno con menos Néstor y más Cristina. Después se verá si, librada de la sombra densa de su marido, la presidenta recobra una perspectiva acertada de la realidad, o sigue viendo triunfos donde sólo hay derrotas.
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