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Por primera vez en veinte años, la banda irlandesa inició el martes una gira mundial fuera de los Estados Unidos
ALEXANDER LALUZ
90 mil personas. Sonido fascinante y atronador. Una enorme garra ataviada con un arsenal tecnológico "retrofuturista". Así, el Camp Nou de Barcelona se convirtió en la noche del martes, en plataforma de despegue del monumental "360° tour" de U2.
Ante semejante despliegue, para el que no hay suficientes adjetivos, la indiferencia era imposible. Varias horas antes de comenzar el concierto, los fanáticos habían instalado un campamento ante las puertas del estadio barcelonés. Las entradas se habían agotado ni bien salieron a la venta. Pero los que se quedaron sin su pasaje al mundo de "La garra" -así bautizaron a la estructura de 50 metros de altura que dominaba el escenario-, tuvieron la posibilidad, en la misma tarde del martes, de conseguirlo con los revendedores. En ese "mercado alternativo", los precios de los codiciados tiques oscilaban entre 30 y 250 euros. Una bicoca.
Días antes, la prensa, la radio y la televisión españolas siguieron con mucha atención los preparativos del megaevento. Los camiones, el arsenal de equipos, el personal técnico, la llegada glamorosa del cuarteto, condimentaron el ritmo de la vida de Barcelona. La clase política no podía estar ausente del "agite", y lo hizo acorde al prestigio de sus investiduras oficiales. A través de un reportaje de la versión española de la Rolling Stone, definieron sus preferencias musicales: para los diputados del PP, los U2 están primeros en la lista, junto a Mecano (¿previsible?); los del PSOE, en cambio, se inclinan por artistas "clásicos", como Serrat y los Rolling Stone (¿un lugar común?). Y completando esta suma de expectativas, el lunes a la noche, U2 invitó a un grupo de 500 "amigos privilegiados" para una suerte de ensayo general. Todo un gesto.
El despegue. La prueba de fuego para el "360° tour" finalmente llegó en la noche del martes. El abarrotado Camp Nou vivió el clímax espectacular cuando el cuarteto irlandés ocupó su puesto en "La garra", luego de la actuación de Snow Patrol.
Bono, fiel a su estilo, saludó a la multitud con un "Hola Barcelona". Gritos, aplausos, y después su esperado agradecimiento a la fidelidad de todos los que se quedaron sin entradas pero seguían el concierto en las afueras del estadio. Un golpe de efecto que se completó, como lo relata un medio español, con otro agradecimiento a la "paciencia" que demostró la ciudad por las dos semanas de preparativos y ensayos.
Acto seguido, y con el público "a punto de caramelo", llegó el turno de "La garra": "Les presento esta estación espacial, diseñada por una especie de Gaudí en la capital del surrealismo" (Bono dixit). Pero antes de las formalidades del caso, la banda arrancó su repertorio de 21 canciones con una económica selección extraída del último disco, No line on the horizon (Breathe, No line on the horizon, Get on your boots, Magnificent).
El resto del concierto fue dedicado al repaso de los clásicos que jalonaron la discografía del grupo, comenzando con Beautiful day, I still haven`t found what I looking for, hasta los ya lejanos Sunday bloody Sunday, The unforgettable fire, Pride (in the name of love), o Where the streets have no name. En fin, sin sorpresas para el despegue de una gira que se jugó todas las fichas al deslumbramiento escénico y tecnológico, así como a la conmoción mediática. Al final, el efecto se logró y la multitud se fue repleta de imágenes monumentales y con nuevas versiones de viejos éxitos.
La crítica, por su parte, fue algo más cauta. Algunos señalaron con cierta ironía el tinte retro de la propuesta, así como el desgaste que lució esta réplica "intergaláctica" del modelo de banda de estadio. Para otros, el viaje al pasado ofició de autohomenaje y no mucho más. Y, por supuesto, no faltaron las crónicas que abundaron en elogios a la espectacularidad del despliegue tecnológico realizado.
El futuro fue ayer. Tanto las críticas como las exaltaciones eran previsibles. Bono, The Edge, Clayton y Mullen tienen probado oficio en esto de movilizar todo tipo de reacciones en los medios y en las multitudes. Desde hace varios años, ellos rompieron los límites del arquetipo del "cuarteto roquero", para convertirse en un hiperartefacto espectacular al que sólo le falta tocar en el espacio exterior. Y esto no es una conjetura de ciencia ficción. De hecho, mientras la banda interpretaba In a little while, Bono anunció que desde "La garra" se entablaría una comunicación con la Estación Espacial Internacional, como homenaje a los 40 años del primer aterrizaje en la Luna. Y así fue: una suerte de "profecía" de lo que le restaría a esta construcción monumental de la cultura globalizada que es U2. Salvo, claro, que la fascinación espectacular por conquistar la mayor visibilidad en el espacio y el tiempo (en términos antropológicos, un monumento) colapse por el desgaste en la propuesta musical, y se dé un repliegue hacia la intimidad y la austeridad.
Pero todavía es muy temprano para confirmar una u otra hipótesis. El "360° tour" recién comienza, y todavía están frescas en la memoria las notables giras "PopMart" o "ZooTv". Y, por cierto, Bono sigue contando a su favor con el embrujo discursivo del "desarrollo" tecno-mediático y la mundialización imaginada. Claro, tales beneficios no son suficientes para camuflar el ya visible deterioro creativo.
Poniéndole la cereza (o la frutilla, si prefieren) a la torta, como parte de los preparativos para este primer concierto del "360° tour", U2 brindó el lunes un recital exclusivo para un selecto grupo de amigos.
Allí no hubo sorpresas ni efectos grandilocuentes: fueron 500 personas, entre las que se contaban familiares, allegados y patrocinadores. Y la banda hizo para ellos una suerte de ensayo general del concierto oficial.
Las crónicas de algunos medios que pudieron asistir, relatan que este concierto comenzó unos veinte minutos antes de las 22 horas. En el comienzo, la banda interpretó la canción Breath, del último disco No line on the horizon, siguiendo el guión previsto para toda la gira.
En ese momento, la enorme estructura de 50 metros de altura (ni más, ni menos) que bautizaron como "La garra" comenzó a desplegar su parafer-nalia de luces, pantalla gigante y un espectacular equipamiento de audio. Bono, como de costumbre, apareció con una llamativa chaqueta, y el grupo hizo gala de todos sus oficios para sonar a la altura de semejante montaje. Y era de esperar: los selectos presentes anticiparon el delirio que vivirían las noventa mil personas que, a la noche siguiente, colmarían el Camp Nou.
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