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Arriba desde México un valioso grupo de cerámicas
JORGE ABBONDANZA
Hay que recomendar a los montevideanos que viajen hasta la calle 25 de mayo 279 casi Pérez Castellano. Allí se aloja el museo de arte precolombino e indígena, un centro capaz de enriquecer al visitante.
En ese enorme edificio, el MAPI ofrece algunos despliegues. En su planta baja está habilitada una muestra sobre cerámica mexicana precolombina. Se trata de piezas pertenecientes a algunas colecciones privadas de esta ciudad (Martín Castillo, Rolf Nussbaum, entre otras) y a un par de museos municipales. Esa selección ha sido agrupada en vitrinas para que el observador pueda echar una ojeada a las culturas de Mesoamérica (mayas, olmecas, toltecas, aztecas) y al desarrollo que tuvieron antes de la llegada de los depredadores que desembarcarían en el siglo XVI.
El interés de ese conjunto es múltiple, porque la variedad de los estilos cubre desde piezas zoomórficas -como un admirable perro sentado que figura en la carátula del folleto editado para la ocasión- hasta vasijas con rasgos faciales, pequeñas figuras humanas y mascarillas de aire mortuorio, además de joyas elaboradas en base a piedras de color y forma dispar, como algún refinado collar con un pendiente. La maestría de esas manufacturas se asocia al significado sacramental para vincular al visitante uruguayo de hoy con culturas cuyo nivel expresivo fue mutilado por la irrupción de los europeos. Desde nuestra latitud sudamericana, la relación con esas manifestaciones es doblemente distante, no sólo por la lejanía geográfica sino también porque Uruguay es uno de los dos países latinoamericanos (el otro es la República Dominicana) donde la presencia aborigen fue extinguida. Remember Salsipuedes.
La muestra que propone el MAPI, en el marco de un convenio cultural firmado entre México y Uruguay, se prolonga a través de otras dos exposiciones. En torno de las cerámicas y sobre los muros, unos cien grabados que también son mexicanos (aunque en este caso poscolombinos) dejan constancia del espíritu burlón de José Guadalupe Posada, un artista que vivió entre mediados del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. Dejó para la posteridad una encantadora constancia de su sentido popular, bromeando sobre el papel con temas fúnebres (las calaveras, ante todo) como emblema del tenaz culto a los muertos que sigue ejercitándose en México cuando llega el 2 de noviembre.
La otra exposición es parte del acervo permanente del MAPI, que en salas menores de la planta baja exhibe algunas cerámicas andinas cuidadosamente escogidas, en especial un huaco erótico peruano que permite apreciar la soltura -precristiana, claro está- con que los aborígenes abordaban las escenas de sexo. Por encima de todo ello, el edificio de 25 de Mayo 279 y su gran patio central están coronados por lo que debe ser la claraboya más monumental de la Ciudad Vieja. Conviene echarle un vistazo, pero también contemplar lo que está por debajo de ella, que se habilita de lunes a viernes entre 12.30 y 17.30, y los sábados de 11 a 16.30 horas.
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