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Las instancias electorales despiertan no sólo emociones, sino que también promueven entusiasmos y reavivan recuerdos. Constituyen el acto más vibrante de las ejercitaciones democráticas, y así la que se vivió en este país el domingo 28 permitió tener en cuenta -entre tantas otras cosas- que ya se cumplieron siete décadas desde que votaron por primera vez las mujeres uruguayas. Contemplado con ojos actuales, ese vuelco resulta arcaico, y cuesta entender que con anterioridad sólo una mitad de la ciudadanía -es decir, los varones- tuviera acceso a semejante derecho democrático, pero en su momento el voto femenino fue en esta comarca una conquista ampliamente celebrada, que muchos países del mundo aún no habían alcanzado. Para tener una idea de las dificultades que debieron atravesarse hasta llegar a esa intervención electoral de las mujeres, conviene rememorar las fechas en que la población femenina pudo finalmente acercarse a las urnas. El primer país del planeta que autorizó el sufragio de las mujeres fue Nueva Zelanda en 1893, único caso ubicado en el siglo XIX. Todos los que vinieron después se sitúan a lo largo del siglo XX.
No sorprende mucho que los primeros países en adoptar esa medida fueran escandinavos (Finlandia en 1906, Noruega en 1913), porque esa región del norte europeo ha seguido siendo un modelo de manifestaciones cívicas hasta hoy mismo. Pero puede resultar un poco más inesperado que el primer país sudamericano en conceder el voto a las mujeres haya sido Ecuador en 1929, tres años antes de la ley uruguaya al respecto, que fue de 1932, aunque la estirada presidencia de Terra impidió que las mujeres accedieran a ese derecho hasta 1938, que fue la elección ganada por Baldomir. En todo caso, esos ejemplos de América Latina pueden servir de modelo para otros países de eminente cultura que sin embargo se demoraron inexplicablemente antes de implantar el voto femenino, como Francia (que lo inauguró en 1944) o Italia (desde el año siguiente). Claro que eso no es nada comparado con otras postergaciones. En la Argentina, las mujeres recién han votado desde 1947, en Costa Rica desde 1949, en Bolivia desde 1952, en el Perú desde 1955, y en Paraguay y Brasil desde 1961. No todos los socios del Mercosur han sido feministas, como puede verse.
No debe suponerse que las naciones europeas marchan en todos los aspectos a la vanguardia del mundo contemporáneo, porque Suiza sólo acogió el voto de las mujeres en 1971 y Portugal también lo admitió en ese año, aunque desde 1931 ya podían votar las mujeres que hubieran cursado la enseñanza secundaria completa, que no eran muchas. Un caso extremo ha sido recientemente el de Sudáfrica, donde las mujeres de raza blanca tenían derecho al voto desde 1930, pero las negras recién lo lograron en 1994, es decir seis décadas más tarde. Como dato curioso -una curiosidad musulmana, en todo caso- debe agregarse que el voto femenino existe en Afganistán desde 2003 y en Kuwait desde 2005. Más vale tarde que nunca, dirán las beneficiarias de esas medidas electorales. Un ejemplo raro lo constituye Colombia, donde las ciudadanas votan desde 1954, aunque un siglo antes las mujeres tenían derecho al sufragio por lo menos en una provincia, privilegio insólito que se mantuvo entre 1853 y 1857. Luego fue suprimido y hubo que esperar hasta 1954 para que se produjera la recuperación, que pudo ponerse en práctica tres años más tarde.
Quienes tengan curiosidad por conocer las fechas en que las mujeres de esta época han accedido al ejercicio electoral, deben saber que Irlanda, Polonia, Georgia y Rusia abrieron sus padrones electorales al sector femenino en 1918, mientras Alemania, Suecia y Holanda lo hicieron en 1919, luego de lo cual Estados Unidos, Austria y Checoslovaquia se sumaron a la lista en 1920, aunque el Reino Unido constituyó un caso aparte, porque el voto femenino existe desde 1928, pero a partir de 1918 ya podían sufragar las señoras mayores de 30 años. Otros dos casos peculiares fueron el de Bélgica (voto femenino desde 1948, pero en las elecciones comunales desde 1920) y el de Chile, que permitió votar a las mujeres en 1949, aunque desde 1935 ya podían sufragar en comicios municipales. La estampa de las antiguas sufragistas de la belle époque puede parecer una postal del pasado, pero en muchos casos ese combate se ha prolongado hasta ayer mismo, porque no a todas las mujeres les ha resultado fácil equipararse con los hombres ni en todos los países el proceso fue veloz, como en el Uruguay.
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