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Las críticas contra el sistema educativo imperante en nuestro medio forman parte de la conversación diaria: que no inculca valores ni forma de carácter de los alumnos, que no crea hábitos de trabajo, que no fomenta la disciplina social, que no desarrolla ni el espíritu patriótico ni las convicciones democráticas. Con ciertas reservas, todo ello puede ser cierto. Pero el tema es muy complejo y no es exclusivo de nuestro país ni de nuestra época. Ya Sócrates se quejaba de la insolencia de los jóvenes... Nunca, en ningún rincón del globo y en ninguna época, la educación ha dejado de merecer algún reparo.
No es un problema, pues, que haya surgido hoy. La otra constante del mismo es que siempre ha existido la propensión a considerar que, en tiempos anteriores, el panorama era distinto ya que la educación era respetada en su condición de factor vital en la formación de las nuevas generaciones. Así pensamos, por ejemplo los uruguayos: en la época en que los actuales abuelos eran jóvenes alumnos, bastaba la mirada del maestro o del profesor para imponer silencio en el aula. Enviar a un alumno a la Dirección constituía una sanción, o el preámbulo de una sanción, que atemorizaba a cualquiera y regía su conducta. A nadie se le ocurría desafiar la autoridad de un docente, de agredir verbal o físicamente a quien le enseñaba, de dañar el mobiliario o de asumir actitudes extremas. Entonces, nos preguntamos, ¿cómo es que aquellos chiquilines de otrora, así educados, se transformaron en progenitores incapaces de trasmitir a sus descendientes los valores que recibieron de sus mayores?
Obviamente, la vida transcurre y trae profundos cambios. El mundo se ha globalizado y la intercomunicación se ha intensificado a tal punto que nada ni nadie es ajeno a nada. Apareció la televisión en el seno de todos los hogares del planeta y, con ella, un poderoso medio educacional (tan positivo como negativo) que ejerce una influencia irrefrenable a través de la imagen, más convincente que mil palabras. Aparecieron la informática, los celulares y sus consiguientes perfeccionamientos tecnológicos que ponen al usuario en contacto individual y directo con otros usuarios, independizándolos a todos de las aulas y del sistema educativo formal.
El mundo, pues, es casi irreconocible para las viejas generaciones. En la medida en que la tecnología de la comunicación no puede ser totalmente controlada por el poder estatal se ha vuelto una puerta abierta para el desarrollo de la individualidad -con todos los riesgos que genera cualquier extremismo- y una garantía para abrigar libertades.
Así concebido el panorama actual, pasa a ser obsoleta -recién ahora-la convicción de Platón según la cual, con la educación, se puede formar a voluntad cualquier tipo de hombre (campesino, artesano, obrero, guerrero, gobernante, etc.).
Este planteamiento del ilustre filósofo helénico, desgraciadamente, podía servir de inspiración a cualquier intento totalitario dirigido a uniformizar y colectivizar a las sociedades.
Como en la fábula de Esopo sobre la lengua, la tecnología de nuestro tiempo es lo mejor de que disponemos y, paradojalmente, lo peor que está a nuestro alcance. De ahí la confusión en la que vivimos, reflejada en la educación y en la inoperancia que nos acomete cuando bregamos por reformarla. ¿Hacia dónde queremos que nos conduzca? ¿Cómo llegar a las metas que nos proponemos?
Esperemos que haya quedado atrás la pertinaz pretensión de la izquierda de utilizarla como medio de transformación política. Hacemos votos, igualmente, para que se abandone la recomendación del comunista Gramsci -que instaba a que se copara los ámbitos culturales- que se tradujo en el dominio del IPA y, en consecuencia, en la presencia masiva de profesores egresados del mismo para quienes el respeto a la laicidad cedía ante el proselitismo más descarado.
Esperemos, reiteramos, que todo este cuadro degradante pertenezca al pasado y carezca de vigencia de aquí en adelante. Conocidos los resultados de las elecciones internas, las preocupaciones política deben focalizarse en el futuro de nuestra nación. Dentro de ellas, la referida a cómo encarar la educación que necesita nuestro país en una de las más gravitantes. Confiemos en que esta materia pendiente motive a todos los partidos políticos a trabajar de consumo adoptando una política de Estado al respecto.
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